Otro artículo sobre el Papa

En 2014, Latinobarómetro publicó el reporte titulado “La religión en tiempos del papa Francisco”. Su principal conclusión fue que el número de católicos en el continente americano ha decrecido de 1995 a 2014. En casos dramáticos, como el de Nicaragua, la población católica disminuyó 30 puntos porcentuales —de 77 a 47 por ciento en el periodo de 1995 a 2013— y en Honduras, durante ese mismo lapso, pasaron de 76 por ciento a 47. En ambos países la religión católica pasó a ser una fe minoritaria en menos de 20 años. Sin embargo, a diferencia de Europa, la modernidad no trajo una secularización a las sociedades latinoamericanas. Con excepción de Uruguay y Chile, la mudanza ideológica no fue de católicos a ateos o agnósticos, sino a diversas ramas del protestantismo.

El estudio no hace más hincapié en este fenómeno. Pero creo que hay algunas claves que nos permiten identificar las razones que lo subyacen. Lo dijo bien Carlos Peña en El Mercurio, de Chile: la Iglesia católica

—antes de Francisco— daba la impresión de estar más preocupada por defender la ortodoxia de su doctrina que la experiencia propia de la fe. Eso simplemente no embona con nuestra circunstancia. En un mundo donde los seres humanos buscan respuestas inmediatas, cualquier intermediario se torna incómodo. La autonomía personal ha modificado la idea propia de la fe y, aunque sigue siendo una adhesión dogmática a ciertos postulados, es ahora una operación mucho más individual, a la medida; “algo a lo que las personas se adhieren aspirando a un Dios sin mediadores”. Ya no es tanto la tradición, sino la experiencia de cada uno lo que les dicta en qué creer y cómo comportarse de manera en el ejercicio de su fe.

Por eso la mudanza hacia las iglesias protestantes, cuya doctrina se basa en la relación directa con Dios. Y también eso explica el creciente número de ateos y agnósticos en la región que van por la vida siguiendo un compás moral producto de sus reflexiones y juicios morales. Así se entiende la actitud de este Papa. Consciente de los vientos que soplan, supo que debía salir a la calle, cambiar su discurso, acercarse a la gente. Le ha dado resultado. Según Latinobarómetro, la confianza de los latinoamericanos en la Iglesia católica mejoró durante el primer año del papado de Francisco, y pasó de 64 por ciento en 2011 a 73 por ciento en 2013, casi la misma cifra que en 1996 (76%).

Hasta aquí todo bien. Pero no se debe confundir la actitud de este Papa con una reforma a la cosmovisión de la Iglesia católica. No hay tal. El discurso del Papa ha cambiado, sí, pero no el del catolicismo. Simplemente, no veo a la Iglesia cambiando su posición frente a la participación de las mujeres en el clero, el aborto, los matrimonios del mismo sexo y la eutanasia. Ciertamente, la actitud de Francisco abre una vía para repensar estos temas (aunque, al igual que a Héctor Aguilar Camín, a mí también me desconciertan sus reflexiones sobre los países “condenados por el diablo”). Declaraciones como “¿quién soy yo para juzgarlos?” —respecto a la comunidad LGBT— muestran un resquicio de modernidad y, sobre todo, de eso que buscaban Habermas y Ratzinger en su celebérrima discusión: los puntos de contacto entre la razón y la religión. Tarea titánica, pero la simple empresa puede traer algo valiosísimo: la construcción de una cultura de la tolerancia.

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