La banca “mexicana”, impune e inmune

Otro atraco a tarjetahabientes. Los banqueros, tan publicitados en las páginas de sociales, son en todo el mundo, pero más en México, seres que se despreocupan por los inocentes que caen en sus garras, al solicitar tarjetas de crédito o débito; esa maldición de los últimos tiempos.

Tenemos el caso de un lector asiduo de La Razón, cuyo nombre nos reservamos, quién después de manejar —por más de diez años— una tarjeta de débito con el banco Santander, notó en su estado de cuenta un faltante de más de veintidós mil pesos en el mes de mayo. Avisó a la sucursal correspondiente y un empleado externo, de lo más atento, le informó que le repondrían de inmediato el monto de lo que no había firmado. Y así lo hicieron al fijarse —todo por teléfono— una fecha para investigar el asunto y resolver lo procedente.

Llegada que fue la fecha fatal, de un plumazo, mejor dicho de un golpe de computadora, le retiraron al cuentahabiente la suma temporalmente devuelta, bajo el pretexto de que, por ser la tarjeta en cuestión portadora de un chip, nadie más que el titular podría haberla utilizado; aunque ofrecen un teléfono para aclaraciones —por cierto, fuera de la ciudad— nunca lo contestan, dejando al cliente en estado de absoluta indefensión. Su palabra es Ley.

Este caso se repite desgraciadamente por millares y no hay más remedio que acudir a la Condusef, mas son tantas las quejas, que este organismo no se da abasto para atenderlas.

Lo que Santander no quiso ver es que el tarjetahabiente de mérito nunca ha sacado un centavo de los cajeros automáticos, porque ni siquiera se sabe —ni quiere conocer— su contraseña (código), y en diez años ¡jamás¡ ha sacado un peso mediante ese medio; pues bien, el atracador —y puede suponerse que sea alguien del banco— en las trece ocasiones que usurpó la tarjeta ajena, dispuso mediante el uso de cajeros automáticos de dos mil pesos en cada ocasión, amén de que, por supuesto, la firma del defraudador es notoriamente distinta a la del titular.

Una persona que sabe de banca nos expresa que lo más probable es que hayan expedido en la sucursal del banco otra tarjeta igual, pues es costumbre que el interesado pida otra para su cónyuge. De manera que una de las hipótesis, fuera de la clonación que pudiera haber ocurrido, es que empleados desleales de la banca autorizada estén utilizando este “sistema” de expedir tarjetas idénticas, para defraudar al usuario de la misma.

Es muy grave lo que está ocurriendo. La prensa especializada ha expuesto que son varios miles, quizá docenas de miles, los casos de tarjetahabientes así defraudados. En el caso concreto, en un frenesí inusitado, el tipo (¿banquero?) retiró —lo que nunca ha hecho el titular— en un día de mayo pasado 23,000 pesos, y eso no llamó la atención del banco.

Lo peor de este ejemplo —ahora lo llaman elegantemente paradigma— es que el defraudado canceló la cuenta que dio origen a la tarjeta “clonada”, abrió otra y obtuvo un diverso plástico de débito. Y lo insólito ocurrió: ¡le volvieron a defraudar diez mil pesos en varios retiros de la nueva tarjeta! ¿Puede llegar a pensarse que ese banco no tiene responsabilidad?

Dejamos al lector que saque sus propias conclusiones. El mejor consejo que puede ofrecer este caso es el de tener cuidado, máximo cuidado, con su tarjeta de débito o de crédito y verificar, si no diariamente, si una vez por semana, el uso indebido que le pueden dar a su dinero en el banco expedidor del plástico o en la “clonación” alentada por la propia institución. ¡Cautela, mucha cautela, pues los ladrones de cuello blanco están al acecho! Y quizá laboren en los propios bancos. ¿O no?

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