Pornografía

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Foto: larazondemexico

Muchas mujeres piensan que el consumo de pornografía de sus parejas se califica como infidelidad, es reflejo de insatisfacción sexual y por tanto, es algo personal: un ataque a ellas y a la relación.

Reflexionar sobre pornografía e intimidad en la pareja no es simple porque cada caso es único. No hay un significado estandarizado, porque deben tomarse en cuenta muchos factores: la edad de los consumidores, cuánto ha durado y cómo se ha construido la relación y qué motiva el consumo.

Para un hombre de 30 años, que lleva dos años de relación con su novia, con la que tiene una gran vida sexual y que ve pornografía como una variedad de diversión, hacerlo tiene un significado distinto que para un hombre de 45, padre de dos y con 20 años de casado, que tiene una vida sexual escasa y rutinaria, y que usa la pornografía para liberar estrés o cuando se siente solo o deprimido.

Las mujeres consumen menos pornografía porque la oferta para ellas es poco interesante: falocéntrica, carente de imaginación y en la que el placer femenino es irrelevante, aunque es posible encontrar ofertas como la de Erika Lust, que es una pornografía mucho más incluyente del deseo y de las fantasías de las mujeres y de hombres que no se identifican con el macho musculoso y agresivo de la mayor parte de la pornografía gratuita.

Algunas investigaciones afirman que el consumo adictivo tiene consecuencias en la capacidad de vinculación: los adictos necesitan la liberación masiva de dopamina que detonan las imágenes sexuales explícitas­, en detrimento del deseo de tener contacto sexual con sus parejas.

Expertos en sexualidad afirman que mientras más frecuente y prolongado en horas el consumo, mayor el desapego emocional y sexual con la pareja.

Lo más excitante suele ser lo más transgresor para el consumidor específico. Algunas veces los hombres fantasean con reproducir las conductas observadas, pero no siempre. A veces sólo es un juego para conseguir excitación y placer por caminos distintos.

Algunas mujeres –quizá moralistas, inseguras de su belleza física, muy competitivas o narcisistas– no soportan que sus parejas admiren y se exciten con las habilidades sexuales y la belleza de las estrellas porno.

Las expectativas sexuales se ven modificadas por muchas variables y una de ellas es la pornografía que vemos. Esto es especialmente cierto para los adolescentes, que quizá piensan que lo que ven en la pantalla es lo que deben esperar de una pareja o de su propio desempeño. Con los años y las experiencias, el guión sexual se expande para incorporar lo vivido, lo leído, la diversidad de parejas y lo que con ellas se aprendió. El porno puede tener un valor didáctico en ciertas circunstancias, si los consumidores pueden identificarse en lo físico, en el contexto o en las emociones retratadas. La pornografía que incorpora la ternura, el amor, la igualdad entre hombres y mujeres y hasta cierta sofisticación no es sinónimo de depravación y puede ser un juguete para las parejas.

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