Violencia y ultraviolencia

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Foto: larazondemexico

México es un país violento. Eso es lo que propios y extraños afirman —a veces como un cliché—. Sin embargo, de un tiempo acá, deslizándose como quien baja por una colina, sin prestar atención de la pendiente, México se ha convertido en un país ultraviolento.

¿Cómo entender la ultraviolencia? Comencemos por una analogía. El agua puede estar fría, muy fría, pero llega un momento en que se pone helada y, por fin, se hace hielo, duro como piedra. De la misma manera, la violencia puede ir en aumento, ser cada vez más sanguinaria, más brutal, más desalmada, hasta que llega un momento en que se hace inhumana.

En una entrevista Hanna Arendt contó que ella hubiera estado dispuesta a entender —lo que se acerca mucho a perdonar— la violencia de los nazis durante los sucesos previos a la guerra mundial. Sin embargo, dijo Arendt, cuando se enteró de lo que pasaba en los campos de exterminio nazis se percató de que nunca jamás podría entender, mucho menos perdonar, algo así. Lo que sucedió en Auschwitz cruzó una línea en la historia humana. Para usar la distinción que estoy intentando trazar aquí: los nazis pasaron de la violencia a la ultraviolencia.

La diferencia entre la violencia y la ultraviolencia no es una cuestión numérica, sino, sobre todo de la índole de la violencia. Asesinar a alguien es un crimen, pero asesinarlo y destruir su cadáver con ácido, cortarle la cabeza o colgarlo de un puente es más que un crimen, es, además, un acto cuya maldad va más allá del simple asesinato. ¿Cómo calificarlo? Una manera es decir que se trata de algo espantoso. El efecto de lo espantoso sobre nosotros va más allá del miedo y entra al terreno del pavor. Los criminales quieren provocar pavor en sus enemigos y en la ciudadanía. Ésa es parte de su estrategia. Pero se podría decir que la ultraviolencia genuina supera los cálculos maléficos de los delincuentes para entrar en un terreno en donde la racionalidad instrumental, por malvada que sea, queda rezagada frente a la brutalidad del hecho. La ultraviolencia más espantosa es aquella en la que no se puede encontrar racionalidad alguna en el suceso. Por eso es bestial, porque no hay en ella el mínimo rastro de humanidad, ni siquiera de la humanidad más cruel o retorcida. En otra época a esa misma violencia se le hubiera llamado diabólica.

No se puede responder a la ultraviolencia como se responde a la violencia. El reto que enfrenta la sociedad no es sólo policiaco, ni siquiera militar. El reto es de otra naturaleza: es ético y, a fin de cuentas, ontológico. Lo que está en juego cuando una colectividad cae en la espiral de la ultraviolencia es algo más que la justicia, la paz o la tranquilidad, es la delgada línea que separa lo humano de lo inhumano.

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