Guillermo Prieto en casa de Lucas Alamán

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Foto: larazondemexico

Nos quejamos de que la sociedad mexicana está polarizada, pero nuestras divisiones no son nada comparadas a las que padecieron nuestros antepasados del siglo XIX. En aquel entonces, México estaba dividido en dos bandos irreconciliables: conservadores y liberales. La lucha entre ambos partidos pasó de los debates parlamentarios al campo de batalla.

En 1871, cuando el bando liberal había triunfado definitivamente, Ignacio Manuel Altamirano publicó una pequeña novela llamada Navidad en las montañas. La obra cuenta el encuentro entre un militar liberal y un cura conservador en un pueblito perdido de la sierra. Los personajes son capaces de dialogar y de encontrar verdades en la posición opuesta a la suya. Si el general y cura habían sido capaces de superar sus diferencias, también podían hacerlo el resto de los mexicanos.

En este artículo quisiera recordar una anécdota —no una ficción— narrada por Guillermo Prieto en sus Memorias de mis tiempos, obra publicada después de su muerte. Las memorias de Prieto son un documento incomparable para conocer la vida en México en el siglo XIX. Además, el libro se sigue leyendo con deleite. De esta obra rescato una historia de reconciliación y tolerancia que nos puede seguir inspirando en nuestros días.

Recordemos rápidamente quiénes son los personajes de esta pequeña historia con fábula moral. Lucas Alamán (1792-1853) fue el intelectual más destacado del bando de los conservadores.  Hijo de una familia criolla prominente, testigo presencial de la toma de Guanajuato por Hidalgo, tuvo varios puestos importantes en distintos gobiernos conservadores. Fue también autor de obras tan importantes como las Disertaciones sobre la Historia de la República Mejicana y su Historia de México.

Guillermo Prieto (1818-1897) fue un intelectual del bando contrario: el de los liberales. Además de ser uno de los literatos más importantes del siglo XIX mexicano, tuvo una destacada actividad política: fue ministro de varias carteras en distintos gobiernos y diputado en numerosas ocasiones. Su frase “¡Los valientes no asesinan!”, con la que salvó la vida de Juárez, ha quedado grabada en nuestra memoria colectiva.

[caption id="attachment_906901" align="alignnone" width="1068"] Uno de los retratos más conocidos del poeta y político Guillermo Prieto. Foto: Especial[/caption]

Cuenta Prieto que durante el sitio de la Ciudad de México por las tropas estadounidenses, su familia tuvo que huir con rumbo desconocido. Iban en un carruaje, cargando muebles y cacharros, cuando de una casona por el rumbo de San Cosme sale un criado que los invita a pasar. Los dueños los acomodan en los bajos de su residencia y les dicen que luego podrán ponerse de acuerdo sobre la renta. Para sorpresa de Prieto, la casa en donde estaba arrimado con su familia era la de Lucas Alamán. Prieto había escritos páginas furiosas contra el conservador —a quien imaginaba como un monstruo— y sentía su permanencia en esa casa como una humillación, incluso como una claudicación.

Todas las tardes pasaba Don Lucas Alamán frente a la puerta e invitaba a Guillermo Prieto a dar un paseo por el hermoso jardín de la finca. Prieto se negaba, orgulloso, hasta que una vez, su madre lo obligó a aceptar la invitación del gentil anfitrión. En esa ocasión, hablaron de literatura, sin tocar el tema de la política, que tanto los dividía.

El paseo se volvió costumbre y así tuvo oportunidad Prieto de conocer mejor a Alamán. De esta manera lo describe: “Era el señor Alamán de cuerpo regular, cabeza hermosa, completamente cana, despejada frente, roma nariz, boca acogida, y como de labios forrados, con dentadura blanquísima, fina, cutis fino, y rojo el color de las mejillas”.

Prieto da cuenta de las virtudes domésticas que adornaban la vida familiar de Alamán. En esa casa imperaban la regularidad, la decencia y el orden. Prieto y su familia se quedaron ahí hasta que la situación se calmó y pudieron volver a sus aposentos. Prieto culmina esta anécdota con un párrafo hermoso que nos habla tanto de la generosidad del anfitrión como de la nobleza del huésped:

“Yo merecí a esa familia la honra de que me admitiese en su seno, recibí distinciones del señor Alamán que hacen grata su memoria, y ante todo, empeña mi gratitud el afecto con que siempre me trató y respetó mis opiniones, no obstante la acritud y suficiencia tonta con que a veces combatí las suyas”.

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