Las demasiadas palabras

Foto: larazondemexico

Prefiero a un taciturno que a un deslenguado. En el ámbito del psicoanálisis, nos invitan a hablar, y eso está muy bien, pero hablar demasiado siempre termina por devaluar lo dicho: el parlanchín, por definición, no escucha, y sin ese servicio, el de escuchar, no hay diálogo posible.

“Tú te escondes detrás de las palabras”, me dijeron una vez en una confrontación, y tuve que aceptarlo: he ido tejiendo mi discurso alrededor del vacío, que me aterra. Lo cual me recuerda la historia del doctor Meraulyock.

Un día de 1880, la Ciudad de México amaneció expectante por la inminente presencia de un doctor que había anunciado que lo curaba todo. Había inventado un jarabe o poción contra todo tipo de enfermedades y achaques, era un milagro de la medicina. El señor era polaco, o suizo, y su apellido era impronunciable. Llegado el día de su aparición, la gente se congregó a su alrededor para conocer mejor las virtudes del mentado aceite “San Jacobo”. Y el doctor comenzó a hablar. Y a hablar. Hasta por los codos. Artemio de Valle Arizpe lo cuenta así: “Era de una verbosidad excesiva el tal doctor. Desataba la tarabilla en fantásticos diluvios de palabras. No se había visto un hombre más picudo y parlero que Meraulyock. Hablaba a hilván, a borbotones, a chorretadas. No sé cómo de tanto parlar no se le secaba la humedad del cerebro”. Y, claro, los datos duros, científicos sobre el tal elíxir eran sepultados (si es que existían) bajo el alud de esa incontenible locuacidad. La gente, hechizada por el verbo del “doctor”, alelada por su palabrería, compraba el jarabe curalotodo y se iba feliz a casa. Incapaces de pronunciar su nombre, comenzaron a decirle “Merolico”, “ y así —siguiendo a Don Artemio— se les empezó a decir en todo México a los desenfadados charlatanes que engañaban con embaucamientos e ilusiones”.

Quien promete algo muchas veces, es que no lo está cumpliendo, como la reiterada y agotadora petición de perdón por parte de alguien que evidentemente o no está arrepentido o ni siquiera ha entendido qué hizo mal. Palabras y palabras encubriendo la ausencia de los hechos, magia verbal, arrullo en pleno día, adormecimiento de lo real. En el universo de la literatura, esa fantasmagoría funciona, basta con que sea verosímil y las palabras estén bien hilvanadas, pero en el contexto de la gobernanza y la política es una catástrofe y un fraude. No se puede dirigir un país con pura retórica, a golpe de conferencias, mensajes en redes sociales, discursos y promesas. No podemos permitir que, cada mañana, nos vendan el imposible aceite de San Jacobo; no podemos ni debemos ser los zombies congregados alrededor del merolico. Varios gobernantes hoy, de izquierda y derecha, han entendido las inmediatas ventajas de la prestidigitación dialéctica, de la embriagante persuasión. Así se criticaba a los sofistas (Sócrates se impacientaba con ellos), pero hoy no tenemos sofistas, sino charlatanes y merolicos, y lo peor de todo es que los tenemos por elección.

Temas: