Si Augusto Monterroso se significó por escribir el cuento más breve, la 4T se distingue por lo opuesto. Construye una de las ficciones más dilatadas del México contemporáneo, casi una divina comedia.
Había una vez una campaña en pos de la Presidencia, y érase que existía un avión oficial que ni el mandatario del país más poderoso y rico del planeta tenía. Y hubo un candidato que prometió vender esa aeronave siempre y cuando ganara la elección. Y ganó.
Tan pronto como asumió el poder el aparato en cuestión salió del país, lo despidieron con bombo y platillo, ya que sus cielos nunca volvería a surcar. La Nación incluso agradeció el concurso de Naciones Unidas en la promoción para enajenar ese bien público que, por el tan particular uso que tenía, ofendía. Y pasó un año en Estados Unidos. Y nadie compró el avión.
De tanto en tanto el Presidente compartía con su pueblo que interesados hubo siempre, algunos más, otros menos; se hicieron promociones aquí y acullá, sus burócratas cavilaban sobre el valor real del aparato con todo y su maldito equipamiento, el cual sólo entorpecía la venta.
A casi dos años de aquella campaña, el Presidente anunció algo inédito, insólito. El avión regresaba a casa con la cola ente las alas. El avionazo se rifaría entre el pueblo. Sería sorteado a través de la Lotería Nacional para que, con lo recaudado, se compraran medicinas e insumos médicos en beneficio de los más pobres. Y hubo algarabía.
Y el avión no se vendió. Resuelto a rifarlo, el mandatario explicó a la plebe que el abuso de haber comprado con dinero público tan pomposa o machuchona herramienta de trabajo para el anterior gobernante, sería subsanado con más dinero público. Sí, al pueblo le ofrecieron comprar 6 millones de cachitos de la Lotería de a 500 pesos cada uno. Una recompra pública para no olvidar.
Y el pueblo hizo memes. Sobrepuso sobre fotografías de modestas casas, la cola del tremendo Boeing 787. Caricaturizando al prototipo de paisano, se le puso en calzoncillos dentro de la suite aeroespacial pensando, “ya me vi…”.
Por aquel entonces escaseaban medicamentos y atención hospitalaria, se asesinaban al menos a 100 personas cada día, la economía nacional desfallecía, pero la gente se ocupaba más del tema del avión, sólo los amargados pensaban que las leyes no permitían a la Lotería dar premios en especie. Incluso, solícitos diputados se apresuraron a hojalatear la Ley para allanar el aterrizaje de la rifa.
Pero entonces, el Presidente sorprendió de nuevo a todos. El avión ni se vendería ni se rifaría, se guardaría dos años más, les dijo. ¿Y los medicamentos e instrumentos hospitalarios?, preguntaba desconcertada la gente.
La urgencia sería financiada por empresarios y el pueblo, aclaró. Pero por si la venta de billetes se estrellase también, entonces, con dinero que el Gobierno ya tenía gracias a decomisos, embargos y apropiaciones de cuentas y lujos del narco, se compraría lo que hiciera falta.
¿Por qué no hacerlo de una vez? ¡Ah! Porque quien tan sólo administra o gobierna, no instaura un nuevo régimen político. Y de eso se trataba la épica transformadora. Una acción breve y efectiva sería invisible a los ojos del pueblo. ¿Quién sabría de una solución ejecutiva? Aquello se informaría sólo un día.
Con la no-rifa del avión, que además de repleto de lujos, lo estaba por igual o peor de trabas administrativas, habría jolgorio por meses. Y es que la aeronave ni propiedad del Gobierno era y aquello no se arreglaba con decretos. Además, el nuevo poder se mortificaba con una oscura idea, ¿Y si el que ganase el avión enloquecía con tanto dinero?
Entonces, de repente anunciaron: ¡que mejor haya más ganadores de menos dinero! ¡”Ya nos hicieron de chivo los tamales”!, exclamaron algunos.
¡No! Lo que desde el poder se ideó fue algo mejor; una dinámica que exaltaría el nacionalismo en el mes patrio y alimentaría la épica de la 4T antes de las elecciones de 2021 para que, cuando la gente despertara, el avión todavía siguiera allí. Y colorín colorado, este cuento… continuará.