LA VIDA DE LAS EMOCIONES

Sobre masculinidades: Machos Alfa

Valeria Villa<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Valeria Villa*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

Vi la serie Machos Alfa (en Netflix) para continuar con la conversación sobre las masculinidades. Su gran acierto es que mediante la comedia se plantean temas relevantes que preocupan a los cuatro protagonistas, desconcertados con sus propias vidas, que por distintas razones enfrentan crisis de pareja y que a pesar de tomarlo a broma, se inscriben en un curso de deconstrucción de la masculinidad que logra hacer que se cuestionen sobre su forma de comunicarse y sobre los estereotipos de género en los que han creído siempre.

Raúl es un restaurantero financiado por sus padres, que le es infiel a Luz durante dos años, pero se horroriza cuando ella propone abrir la pareja. Se llena de inseguridades y celos porque ella tendrá sexo con otros. En su mente, sólo él podía tener otra relación, porque es hombre. Luz lo deja por su doble moral, por su hipocresía.

A Pedro lo despiden del trabajo de muchos años y se deprime porque tiene toda su autoestima puesta en ganar dinero y en el puesto que acaba de perder.

Se convierte en el asistente de su mujer, quien se vuelve influencer exitosa para sacar adelante los gastos, pero luego se inventa un curso de reconstrucción de la virilidad porque a las mujeres no les gustan los debiluchos. Su “curso” es una defensa del machismo de siempre y una forma de competir con Daniela.

Santiago, padre divorciado, vive con Alex, su hija de 17 años, quien le organiza un tour de citas en Tinder. Totalmente fuera de forma, incursiona en ese mundo sintiéndose incómodo, como un intento de superar el abandono de Blanca, la madre de su hija, quien lo ha dejado por el dentista.

Luis es policía, casado con Esther y padre de dos hijos. De él se espera que sea fuerte y viril por el trabajo que desempeña, pero está mucho más interesado en sus funciones de padre que en su vida de pareja. Tiene poco deseo sexual lo que provoca una crisis con su esposa cuando ella propone separarse e inicia una relación con el entrenador del gimnasio. Esther, quien también trabaja, toma bastante mal los esfuerzos de Luis por deconstruirse, siendo un ejemplo de que el machismo es una ideología que afecta a hombres y mujeres.

Paulatinamente, estos hombres comienzan a ver sus actitudes machistas. Al principio sienten que el cambio les quita espontaneidad, porque ya no pueden piropear a las mujeres por la calle o dar por hecho que una mujer se quiere acostar con ellos o suponer que las labores domésticas les corresponden sólo a las mujeres o decir cosas misóginas como parte de su forma cotidiana de hablar.

Estos hombres que a pesar de ser mejores amigos jamás se cuentan lo íntimo, empiezan a compartir lo que les preocupa o les duele de una forma mucho más cercana.

La identidad masculina se ha construido por oposición: ser hombre es no ser mujer, así que todo lo que se relacione con lo femenino, tiene que ser reprimido o rechazado.

Muchos varones sienten rabia, impotencia y miedo frente a las nuevas mujeres que ya no aceptan los roles tradicionales. Las enfermedades del hombre patriarcal son la misoginia, la homofobia, el miedo a la vulnerabilidad y a mostrarse sensibles o hasta tiernos en el cuidado de los hijos o con la pareja.

A los hombres se les ha enseñado que el dolor se enfrenta sin llorar, como verdaderos hombres, porque llorar es de niñitas. Aunque cada vez hay más pacientes varones en el consultorio de psicoterapia, persiste la creencia de que el dolor emocional se resuelve trabajando más duro, ganando más dinero y anestesiándose con alcohol los fines de semana. Muchos hombres siguen creyendo que deben hacerse respetar, aunque haya que aterrorizar para lograrlo. Más que respeto, muchos despiertan miedo.

No es fácil para un hombre dejar de ser el rey de la casa y en el trabajo. Tampoco compartir posiciones de poder como ser jefes, maestros, intelectuales o donjuanes. ¿Por qué querrían cambiar los hombres si al hacerlo pueden perder todos

sus privilegios?

Tal vez porque redefinir su papel en la sociedad mediante la igualdad de género podría acabar con la necesidad de la violencia para resolver conflictos. Aprender a negociar podría terminar con el silencio masculino, que es fuente de enfermedades y sufrimiento. Entender que una mujer puede ser policía y un hombre trabajador doméstico le da al contrato social la flexibilidad y la libertad que el machismo entorpece. El cuestionamiento de los estereotipos tradicionales de poder, agresividad y dominio es urgente.

La idea de que los hombres quedaron aplastados por los movimientos feministas y queer viene del rechazo a perder el poder y los privilegios.

Los varones que no pueden aceptar que la masculinidad tradicional, basada en la superioridad y dominio del hombre, sólo ha sido fuente de desigualdad y violencia, necesitan pedir ayuda para sanar.

Valeria VillaMachos Alfa

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