Es probable que Rafael Caro Quintero haya llegado a un acuerdo con los fiscales en Estados Unidos y por eso no buscarán que sea condenado a muerte. Si esto es así, proporcionará información relevante sobre el negocio de las drogas y, quizá, respecto al asesinato del agente de la DEA, Enrique Kiki Camarena, ocurrido en la ciudad de Guadalajara en 1985.
Este esquema de negociaciones es frecuente, aunque puede tener diversos alcances, muchos de ellos sólo se conocen en el tiempo, ya que las investigaciones suelen estar engarzadas en diversos juicios y responden a una estrategia mucho más amplia.
Pero el caso de Caro Quintero es distinto por su carácter simbólico. Cuando descendió del avión que lo trasladó a territorio estadounidense, le colocaron las esposas que pertenecieron al propio Camarena. Durante su primera audiencia, decenas de agentes de la DEA estuvieron presentes, como una forma de recordar que hay una cuenta pendiente.
Al paso de las décadas, lo que podría aportar Caro Quintero es dudoso en términos jurídicos, pero atractivo desde el ángulo de la propaganda, ya que abonaría a los múltiples prejuicios que existen sobre el papel de las autoridades mexicanas en aquellos años.
Sin embargo, conviene tener presente que el entonces jefe del Cártel de Guadalajara fue detenido y sentenciado por ese crimen y pasó 28 años en prisión, aunque por criterios técnicos, debido al fuero en que se le juzgó, salió en 2013; 12 años antes de lo previsto, y se le consideró prófugo de nueva cuenta hasta su recaptura en 2022.
En ese lapso volvió a las andadas y estableció una poderosa organización criminal, el Cártel de Caborca, con presencia, sobre todo, en Sonora.
Por supuesto que Caro Quintero debe tener una idea más que acabada de lo que ocurrió en esa casa de Guadalajara, donde Kiki Camarena fue torturado hasta la muerte.
La fiscalía de Nueva York tiene en su poder las grabaciones de esas sesiones de salvajismo, pero queda pendiente el alcance político de esa historia.
Está probada la participación de agentes de la DFS en apoyo a los delincuentes, pero también como operadores del secuestro del médico Humberto Álvarez Machain, acusado de “atender” a Camarena para que resistiera los tormentos, y a quien “entregaron” a los oficiales de la DEA en la frontera. Es decir, las ilegalidades se desataron por todos lados.
Si en el organigrama hay jefes de mayores alturas, es una de las especulaciones que, paradójicamente, tienen que ver con indagatorias en las que no se agotaron todas las líneas por el manto de impunidad que solía cubrir toda clase de fechorías.
Como lección, conviene advertir que las protecciones del pasado se pueden convertir en problemas del presente, aunque no existan evidencias de complicidades, más allá de las negligencias y omisiones, en un caso que estuvo a punto de derrumbar la relación entre México y los Estados Unidos.
La confusión y la ocurrencia
