Decirle “viejo” a un hombre de la tercera edad es considerado, hoy en día, como una grosería. Ya desde hace tiempo decirle “vieja” a una mujer de la misma edad se tomaba como una ofensa, pero en la actualidad lo mismo vale para mujeres y hombres. Lo viejo se contrasta con lo nuevo. Algo viejo, normalmente, es algo que ya no funciona bien, que está deslucido, que está pasado de moda, que está maltratado, que pronto dejará de resultar útil. Todo eso, dicho de una persona, suena feo. Por eso resulta ofensivo decir que alguien es un viejo o que está viejo.
Es curioso que, usada en primera persona, la palabra no suena tan mal. Un anciano puede decir a sus nietos que ya está viejo y que por eso no puede jugar con ellos, sin que eso se tome como una auto denigración. Los diminutivos “viejito” y “viejita” siguen siendo aceptables, sobre todo en un entorno doméstico, pero sospecho que no lo serían tanto cuando uno habla de alguien a quien conoce poco o nada. He observado que también se usan las palabras “abuelito” y “abuelita” para dirigirse a los ancianos. No me gusta este uso porque me parece confianzudo y porque no todos los ancianos o ancianas son abuelitos o abuelitas y algunos y algunas ni siquiera fueron padres o madres.
Para reemplazar la palabra “viejo” ahora usamos los eufemismos de “adulto mayor” o “persona de la tercera edad”. El ingenio y la malicia de los mexicanos es muy grande. He escuchado chistes y frases en las que se tergiversa el uso de estas expresiones para seguir despreciando a los ancianos. Por ejemplo, cuando se dice de una señora que no es de la tercera edad sino de la décima edad o como cuando se afirma que un señor está muy mayor o que ya es demasiado mayor.
En 1979 se creó el Instituto Nacional de la Senectud (Insen). El uso de la palabra “senectud”, en aquel entonces no pareció ofender a nadie. Después de todo, la edad senil es lo mismo que la tercera edad. La palabra “senado” tiene el mismo origen y significa “consejo de ancianos”. Sin embargo, hoy la palabra nos resulta inadecuada. Cuando se dice de alguien que “está senil” lo que se afirma es que ha perdido facultades mentales por su edad avanzada. Por eso mismo, el Instituto Nacional de la Senectud cambió de nombre y ahora se le conoce como Instituto Nacional para las Personas Adultas Mayores (Inapam). Este nombre es preferible al que tuvo hasta hace poco: Instituto Nacional de Adultos en Plenitud (Inaplen) que resultaba, en mi opinión, excesivo, incluso ridículo. Decir que “los ancianos estamos en plenitud” se presta a muchas lecturas. En algún sentido es una falsedad muy grande y, por lo mismo, una majadería.