La invasión de Venezuela y la captura de su presidente Nicolás Maduro por parte del inestable y paranoico gobierno de Donald Trump (es un piropo decir que gobierna, porque parece que ni él ni su administración tienen la menor idea de lo que están haciendo) me recuerdan a la interminable política intervencionista que caracteriza a Estados Unidos desde mediados del siglo XX.
Hace alusión a las muchas ocasiones que se ha abordado el tema en el cine, para bien y para mal. En casos cuando hasta los creadores y directores no pueden dominar sus impulsos nacionalistas, como en El pacificador (1997), de Mimi Leder, donde el personaje de George Clooney, un arquetípico militar de la imaginación popular hollywoodense, define la situación de la manera más simplista posible: “Ellos son los malos, nosotros somos los buenos”.
En una grata coincidencia que en otra película que protagoniza el propio Clooney nos pinta un cuadro mucho más complejo, interesante y desafiante. Syriana (2005), del director Stephen Gaghan —talentoso guionista de la laureada Traffic (2000), de Steven Soderbergh—, imagina un país ficticio en el Medio Oriente, que como muchas otras naciones árabes está en la mira del insaciable capitalismo y su estrella número uno, Estados Unidos.
Un mosaico de personajes y de historias que giran alrededor de un drama y thriller geopolítico donde los intereses de políticos, empresarios, petroleros y agentes del servicio de inteligencia chocan por tomar control de un país cuya reserva petrolera es el botín codiciado. En las palabras de un senador estadounidense en el filme: “… Mientras haya caos en el Medio Oriente, seguiremos haciendo negocios y dinero”.
Entre las muchas virtudes de Syriana —es notorio que Gaghan es un virtuoso escritor de cine— está la forma en la que se hilan y se complementan las diversas tramas, los conflictos íntimos de los personajes y las narrativas que alimentan un mundo de intriga, traición y agendas maquiavélicas que sirven a un solo propósito… obtener todo el poder, manifestado en el todopoderoso dólar y el oro negro. Como se acostumbra decir en los corredores de Wall Street: “El dinero es Dios” (Money is God).
En la tormenta de acciones y emociones tenemos una suculenta galería de personajes: Bob Barnes (Clooney), el agente de la CIA cuya recién descubierta conciencia le cuesta su trabajo y casi la vida; Bryan Woodman (Matt Damon), el financiero que arriesga todo, incluyendo a su familia, por conseguir un lugar en el círculo íntimo de un poderoso monarca árabe (Alexander Siddig); Wasim Khan (Mazhar Munir) es un joven trabajador que sufre las consecuencias de un gobierno represivo y un capitalismo feroz, las consecuencias lo llevan a radicalizarse y convertirse en un musulmán fundamentalista.
Cada quien busca cumplir con su objetivo y el ejercicio del poder continúa, acechando, consumiendo todo en su camino. Todos pagan un precio. Con la noticia de la última intervención de Estados Unidos en Venezuela, no es descabellado pensar que todos vamos a perder.