ENTRE COLEGAS

La captura de Maduro y el laberinto venezolano

Horacio Vives Segl. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Horacio Vives Segl. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

La noticia cimbró los titulares del planeta al inicio del año. No se trató, sin embargo, de un suceso que realmente sorprendiera al mundo.

Era evidente que Estados Unidos llevaba tiempo planificando cuidadosamente un operativo militar inminente, que, en el caso, concluyó con la exitosa extracción del dictador Nicolás Maduro el 3 de enero.

Al momento en que se escriben estas líneas, y como es de esperarse ante un proceso político de la enorme complejidad como el que enfrentamos, hay más incógnitas que certezas. Sin embargo, hay dos hechos contundentes sobre los que hay que poner el énfasis: (1) es indeseable el uso unilateral de la fuerza militar y el precedente que deja es funesto; (2) indiscutiblemente, hay que celebrar que el mundo tenga un dictador menos al frente de los destinos de su país y que ha causado tanto dolor a la sociedad venezolana.

Partamos del hecho de que las cosas son como son y no como uno quisiera que fuesen. Ciertamente, mucho sufrimiento se habría evitado Venezuela si en las elecciones presidenciales de julio de 2024 —ya de por sí realizadas con una integridad limitada— se hubiera reconocido el resultado en el que la oposición, encabezada por Edmundo González y María Corina Machado, ganó con contundencia, y se hubiera abierto entonces un proceso cívico de transición de gobierno y restauración democrática.

O vayamos a los antecedentes más remotos, al origen del problema: si desde hace 25 años el chavismo no hubiera sacado una desleal ventaja de las deficiencias de la histórica democracia venezolana y empezara a consolidar un régimen autocrático concentrando el poder (incluyendo, por supuesto, el Poder Judicial y el órgano electoral), politizando a las fuerzas armadas, destruyendo la institucionalidad republicana previa para reemplazarla con un populismo engañabobos, polarizando a la sociedad, pauperizando al pueblo, encarcelando a presos políticos, persiguiendo a la población —orillando al exilio a millones de venezolanos—, formando una simbiosis con organizaciones criminales, y así sucesivamente, una larga lista de actos autoritarios y constantes violaciones a los derechos humanos… nada de lo que actualmente está ocurriendo en Venezuela hubiera pasado. Pero el “hubiera” no existe y hay lo que hay.

A pesar de heroicos esfuerzos —con la obvia disparidad por lo largo del proceso político y la frustración ante la ausencia de resultados— por parte de la oposición política y la ciudadanía venezolana, ese régimen tiránico y atroz fue avanzando y consolidándose a plena vista de la comunidad internacional, que, más allá de meras declaraciones, se mantuvo en una negligente inacción, bajo el argumento de la no intervención en asuntos de política interna. Así, el binomio infernal Chávez-Maduro fue haciendo lo que quiso con el país, consolidando una camarilla predatoria a expensas del sufrimiento de una porción significativa de la población venezolana.

Como las elecciones que se robó Maduro fueron antes del inicio del segundo Gobierno de Donald Trump, el dictador siguió conduciéndose con la habitual impunidad de quien se percibe intocable e invencible. Pero, desde entonces, el contexto internacional ha cambiado vertiginosamente, y la dictadura de Maduro no quiso consignar la nueva realidad política; más aún, continuó con sus gracejadas, frivolidades y bravuconerías para “retar” a Trump.

Aunque no haya muchas certezas sobre los derroteros que seguirán en Venezuela, lo deseable es que el control que ejerza Estados Unidos sobre el país sea el adecuado para conducir el proceso de transición a la democracia y que se vaya desmontando el legado destructivo del chavismo y de la dictadura de Nicolás Maduro.

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