La intervención de Estados Unidos en Venezuela ha trastocado el frágil equilibrio político y estratégico que se había mantenido en América Latina a pesar de Donald Trump.
El caso ya genera inestabilidad en la región, que una vez más queda a merced de los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos y de la hybris de la cúpula de su gobierno.
La detención, captura o abducción de Nicolás Maduro mediante una operación militar unilateral, justificada por Washington bajo el marco del combate al narcotráfico, es en realidad el resultado de una decisión más amplia: pasar de la indiferencia a la influencia directa sobre gobiernos que limitan la participación de empresas estadounidenses en sectores estratégicos, contener la presencia de China en el hemisferio y enviar una señal inequívoca sobre el uso del poder militar aun al margen del derecho internacional. La operación se presentó como una acción contra el narcotráfico, se celebró por la caída de un dictador y concluyó con el control efectivo de Estados Unidos sobre las principales reservas de crudo del mundo.

Se dan con todo
Visto en perspectiva, lo más revelador no es la captura de Maduro, sino la decisión de mantener en el poder a Delcy Rodríguez, vicepresidenta del régimen. Ello sugiere que la intensificación de la presión estadounidense logró profundizar la fragmentación interna del chavismo, facilitando una captura relativamente ágil y conteniendo, al menos por ahora, un estallido social inmediato. Ese escenario no ha desaparecido, pero lo que domina hoy es una tensión controlada.
Las implicaciones para México son múltiples, pero conviene subrayar tres. La primera es política. Donald Trump no distingue entre izquierda o derecha, sino entre gobiernos alineados y no alineados con él. Por más que un segmento marginal de la oposición mexicana aplauda la intervención en Venezuela y llegue incluso a sugerir una acción similar en México con el cínico objetivo de obtener respaldo externo, su irrelevancia política y la lejanía de los ciclos electorales hacen que, por simple alineación de incentivos, Washington prefiera tratar con una cúpula gobernante que controla la Presidencia, el Congreso, la mayoría de las gubernaturas y los poderes locales, aunque sea de izquierda, antes que con actores sin capacidad real de gobierno. El contraste con países como Colombia o Brasil, con elecciones inmediatas, es evidente.
Para Estados Unidos resulta más eficaz presionar a México mediante la narrativa del narcotráfico y la amenaza latente de una intervención contra los cárteles, colocando a la Presidenta Sheinbaum en una posición incómoda y reduciendo el margen de maniobra del país de cara a la revisión del T-MEC. La permanencia de Delcy Rodríguez en Caracas refuerza este punto: Trump puede negociar con regímenes ideológicamente distantes siempre que se alineen funcionalmente.
La segunda implicación es de seguridad y estabilidad. La presión política y retórica de Trump y de los congresistas republicanos aumentará conforme se acerquen las elecciones intermedias de noviembre. Hoy es difícil anticipar si Estados Unidos llevará a cabo una intervención militar en México contra los cárteles, y mucho más prever su naturaleza. Sin embargo, el sólo incremento del discurso eleva el riesgo político, estrecha el margen de acción del Gobierno mexicano y afecta la percepción de estabilidad necesaria para la inversión. México ha pasado de lidiar con un Trump que amenazaba sin ejecutar a enfrentar a un Trump que ha demostrado que sus amenazas pueden materializarse.
La tercera implicación es energética y estructural. La relevancia de México como potencia energética puede diluirse conforme Venezuela se reintegre al mercado internacional bajo influencia estadounidense. El retorno del petróleo venezolano, acompañado de un marco legal atractivo para la inversión privada, puede desplazar flujos de capital hoy dirigidos a otros países productores. Para México, cuya política energética ha reducido la participación privada y limitado proyectos de largo plazo, esto implica una pérdida relativa de atractivo en un contexto de competencia regional creciente, con efectos directos sobre la recuperación de Pemex y las finanzas públicas. Puede que México pierda relevancia en este sector que es prioritario para el Gobierno federal.
Los siguientes días son clave. Una vez demostrado que sus amenazas son creíbles, Trump utilizará este leverage para presionar la estabilidad del T-MEC, de la OTAN y de cualquier organismo o interés que se le contraponga. El mensaje para México es inequívoco: el entorno se ha endurecido y la presión de Estados Unidos no hará más que incrementar conforme pase el tiempo.

