VIÑETAS LATINOAMERICANAS

Extractivismo despiadado

Rafael Rojas. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Rafael Rojas. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

El giro que en los últimos años han dado las tensiones globales está relacionado con una revancha de la lógica extractivista en contra del avance de normativas ambientales en décadas recientes. De los 66 organismos internacionales que Estados Unidos abandonó en los primeros días de este año, la mayoría forma parte de iniciativas de la ONU contra el cambio climático, la contaminación ambiental, el calentamiento global, la desforestación y el uso de energías sucias.

Las cada vez más desinhibidas ambiciones de Estados Unidos en torno a Panamá, Groenlandia, Venezuela y Canadá están relacionadas con ese extractivismo despiadado. Días antes de la operación militar de captura de Nicolás Maduro, en Caracas, Donald Trump lo dijo sin tapujos: el objetivo era “recuperar” el control de las reservas de petróleo venezolano y agregar a la red energética de Estados Unidos otra fuente de crudo, por muy pesado o contaminante que sea.

La idea de la anexión de Groenlandia también está ligada a esa vuelta extractivista. Las tierras raras de Groenlandia son ricas en múltiples minerales como cobre, grafito, niobio, titanio, rodio, neodimio y praseodimio. La minería de tierras raras, que también motiva el intento de reconquista de Ucrania por Rusia, se ha vuelto un negocio en disputa entre Estados Unidos y China. Los chinos llevan años intentando ampliar sus inversiones mineras en Groenlandia, lo que intensifica la rivalidad de Trump.

China es, de lejos, el país más contaminante del mundo, con más de 10 mil millones de toneladas de CO2 y por el uso indiscriminado de carbón, gas y petróleo. Le siguen Estados Unidos, Rusia e India. De manera que las tres mayores superpotencias del planeta son las que más contaminan el medio ambiente. Las normativas globales ecológicas y ambientalistas, promovidas, sobre todo, por las dos administraciones de Barack Obama, la ONU y la Unión Europea, al inicio de la segunda década del siglo XXI, se dirigieron fundamentalmente contra aquella carrera extractivista liderada por China.

El Acuerdo de París de 2015 fue la plasmación más clara de una contención global, que logró receptividad en el gobierno chino. Al año siguiente, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, aquel proyecto se enfrentó a su mayor amenaza. Ahora, a un año del segundo mandato trumpista, se hace evidente la magnitud del desafío: toda la normativa internacional, en materia ecológica, pende de un hilo y una anexión de Groenlandia por Estados Unidos aceleraría la catástrofe ambiental.

En estos días, en Davos, Emmanuel Macron y otros líderes europeos intentarán poner un alto a esa escalada. Trump, sin embargo, no carecerá de aliados y uno de ellos será Rusia, cuyo liderazgo acaba de dar una muestra más de agresividad con el mayor bombardeo de Kiev desde que comenzó la guerra en Ucrania, hace ya cuatro años. Rusia aprovecha el clima guerrerista y expansionista, alentado por Trump, para asegurarse el dominio de Kiev.

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