BRÚJULA ECONÓMICA

En el punto de quiebre

Arturo Vieyra*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.  Foto: larazondemexico

México enfrenta actualmente un entorno internacional adverso con transformaciones estructurales importantes. Destacan la creciente reconfiguración regional del comercio, el cuestionamiento de la hegemonía del dólar como principal moneda de reserva y de intercambio internacional, así como el impacto disruptivo de la inteligencia artificial sobre los patrones de productividad, empleo y organización industrial.

A estos factores se suman desafíos estructurales de largo plazo, como el aumento sostenido del endeudamiento soberano y la intensificación de las tensiones comerciales y tecnológicas entre China y Estados Unidos. Estos procesos están reconfigurando de manera profunda las cadenas globales de valor y los flujos internacionales de inversión.

Estas transformaciones se insertan en un proceso más amplio de erosión del orden económico internacional multilateral, que durante décadas proporcionó previsibilidad institucional, estabilidad comercial y un marco relativamente homogéneo para la resolución de disputas. Su debilitamiento progresivo está dando paso a una arquitectura internacional más fragmentada, organizada en bloques geoeconómicos y esferas de influencia, en la que las decisiones de política comercial, industrial, financiera y tecnológica responden cada vez más a consideraciones estratégicas y de seguridad nacional, en detrimento de criterios de eficiencia económica.

La transición hacia este nuevo esquema incrementa de forma significativa la incertidumbre macroeconómica y financiera, eleva los costos de transacción, distorsiona la asignación global del capital y fragmenta las cadenas de valor, con efectos negativos sobre la inversión productiva y el crecimiento potencial.

Para economías emergentes como la mexicana, altamente integradas al comercio internacional, este entorno implica mayores riesgos de volatilidad externa y restricciones adicionales para el diseño de políticas públicas, al reducirse los márgenes de maniobra fiscal, monetaria e industrial en un contexto de creciente competencia estratégica entre las principales potencias.

En este marco, el cambio en el paradigma comercial global ha sido particularmente abrupto. El régimen de comercio mundial consolidado tras la creación de la Organización Mundial de Comercio en 1995 se encuentra en franco retroceso. La política arancelaria impulsada por el presidente Trump ha acelerado este proceso, desplazando el enfoque multilateral hacia una lógica de negociación bilateral, donde el poder relativo de los actores se convierte en el principal determinante de los resultados.

Se trata de un preocupante retorno al proteccionismo. Tras décadas de reducción sostenida de aranceles a nivel mundial, se observa un giro drástico hacia políticas comerciales más agresivas. Este cambio abrupto en las reglas del comercio internacional constituye un freno a la integración económica y a la profundización de la globalización.

La fragmentación resultante ha forzado una reconfiguración de las rutas de suministro, reflejada en un cambio profundo en la estructura de importaciones de Estados Unidos. La participación de China en dichas importaciones cayó del 22% al 9% en apenas ocho años, espacio que ha sido ocupado principalmente por Vietnam, Hong Kong y México. Sin embargo, en la nueva configuración del comercio mundial, los países asiáticos emergen como competidores cada vez más relevantes para México.

Desafortunadamente, la lógica dominante de los intercambios comerciales ha pasado a estar determinada por consideraciones geoestratégicas, subordinando la eficiencia económica, el bienestar del consumidor y la reducción de costos. Paralelamente, el sistema internacional se desplaza hacia un esquema en el que las grandes potencias operan con mayor discrecionalidad y menores restricciones dentro de sus respectivas esferas de influencia, fragmentando el mercado global en bloques competitivos.

En conclusión, el mundo se aleja de una globalización coordinada para adentrarse en una etapa de fragmentación geoeconómica, donde la seguridad nacional y el poder político prevalecen sobre las reglas del comercio multilateral. En este nuevo paradigma, México ocupa una posición ambivalente: por un lado, ha sido uno de los principales beneficiarios de la reconfiguración de las cadenas de valor; por otro, enfrenta vulnerabilidades institucionales y estructurales que ponen en entredicho la sostenibilidad de dicho crecimiento en el largo plazo.

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