TEATRO DE SOMBRAS

La política es la ciencia más exacta

Guillermo Hurtado. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Se le atribuye a Bismark la frase de que “la política no es una ciencia exacta”. Mi amigo Fernando Curiel no concordaba con el estadista prusiano y siempre repetía que la política no sólo es una ciencia exacta, sino la más exacta de las ciencias. La primera vez que se lo escuché me lo tomé a chanza. En aquel entonces, cuando yo era más joven, creía que el universo de las ciencias naturales era exacto porque era matematizable. Uno puede determinar con precisión la probabilidad de que acontezca algo, por ejemplo, de que haya un eclipse en tal día y a tal hora. Eso lo sigo creyendo, claro está, pero lo que también creía era que la esfera de lo humano no era exacta porque está sujeta a variables indeterminadas.

Por ejemplo, no podemos saber con certeza qué es lo que dirá alguien en tal día o tal hora. Suponer que la vida humana se puede predecir con exactitud, pensaba entonces, era reducir lo humano a lo material, era una suerte de ofensa a la dignidad humana.

Con los años y con la pérdida de las ilusiones políticas, cada vez estoy más convencido de que eso que decía Curiel tiene algo de verdad.

La política es una ciencia exacta porque las motivaciones de los agentes que participan en la política casi siempre son las mismas y, además, son tristemente predecibles. Cuando el fin de todos los participantes es el poder, la explicación de por qué uno de ellos hizo esto y otro de ellos hizo aquello, se nos revela como transparente. Podemos hacer una comparación con un juego de mesa en el que todos los jugadores quieren lo mismo. Se pueden cometer errores, por supuesto, alguien da un paso en falso y pierde su oportunidad de avanzar una casilla, pero si ponemos los errores aparte, la decisión que se toma en cada caso tiene una explicación que sigue una lógica inapelable. Si fulano traicionó a zutano es porque no le quedaba de otra, tenía que hacerlo. Si mengano le aplaudió a perengano fue porque eso le convenía en ese momento.

La analogía de la política con el reino de la selva resulta, entonces, espantosamente esclarecedora. El león no puede dejar de morderle el pescuezo a la pequeña gacela, de la misma manera en la que el mandatario no puede dejar de conspirar en contra de un posible oponente. Maquiavelo lo vio con claridad hace siglos. En el mundo de la política no hay moral que valga. Lo que impera es el deseo del poder, la sed de ambición, la urgencia de la gloria. Todos estos resortes son primitivos, básicos, y, por lo mismo, mecánicos.

La política es la ciencia más exacta porque siempre está regida por los impulsos más bajos de los seres humanos.

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