Con lo que está pasando en todo el mundo en materia migratoria, ya no tiene sentido cuestionar que un jugador de futbol adquiera otra nacionalidad. Puede haber un sinfín de intereses, pero los futbolistas son en esencia migrantes quienes en muchos casos optan por un país para hacer su vida y quedarse en él por siempre, tiene el derecho de hacerlo como cualquier migrante.
Mucho de lo que hay en contra pasa por el malinchismo o con miradas parciales. No se acaba por entender la evolución del futbol y la de sus actores centrales, los futbolistas, quienes tienen el derecho de optar por lo que quieran, les convenga y porque van adquiriendo, a lo largo de sus estancias en otros países, signos de identificación y pertenencia.
Un viejo recuerdo pasa por un jugador de origen argentino que jugó en Zacatepec y Atlante. Carlos Lara era un centro delantero a la vieja usanza. Tenía la virtud de cubrir el balón de espaldas a la portería, lo que permitía darles tiempo a sus compañeros para moverse y desmarcarse; fue convocado para el Mundial del 62 en Chile, pero no participó en ningún partido.
El futbol mexicano durante mucho tiempo se ha cerrado a que cualquier jugador extranjero nacionalizado juegue en la selección. La selección ha estado virtualmente cerrada porque, entre otras cosas, ha prevalecido una alta dosis de malinchismo y nacionalismo trasnochado, muchas veces impulsado por los propios jugadores mexicanos.
En el Mundial del 98 Francia tenía varios jugadores con doble nacionalidad, y nadie se peleó por si jugaban en la selección. El festejo en las calles mostró la nueva conformación del país. El equipo titular francés tenía al menos un 70% de jugadores de origen africano.
Nadie cuestionó aquel momento. Más bien se habló de la evolución del futbol francés y de cómo se había dado una integración tan importante, sin pasar por alto voces críticas con dosis de racismo.
Si bien no es comparable con México, no debe pasarse por alto que mantenemos signos oprobiosos, seguimos siendo entre racistas y malinchistas.
El problema está en cómo el futbol mexicano avanza y retrocede, cuando se piensa en extranjeros nacionalizados o los desechamos, o los colocamos como salvadores de la patria. El asunto está en que no hemos solucionado el problema de fondo, que es el que no hemos tenido generaciones que pudieran ser estratégicas para un crecimiento consolidado del futbol nacional, y cuando las tenemos las echamos a perder con alguna que otra excepción.
No tiene mucho sentido debatir el caso de Álvaro Fidalgo. Si el examericanista está dispuesto a jugar por México, no tiene sentido cuestionarlo. Si cumple con los requisitos de la nacionalización, lo que se debería hacer es probar si funciona en la selección que no tiene jugadores con esas características. Tiene carácter, le gusta pedir la pelota, no se achica y goza y sufre el juego.
El problema que tiene el futbol mexicano es que no tiene jugadores que definan el juego en los momentos claves. Siempre se nos aparecen algunas circunstancias, que luego convertimos en pretexto, lo que impide ser de a deveras y que pudiera convertir al futbol nuestro de cada día en ser competitivo, en que se nos tome más en serio desde fuera y que por fin algún día la afición pueda hacer de la esperanza, una realidad.
En muchos renglones el futbol mexicano tiene grandes virtudes. Pero a la hora en que el Tri está en medio de las grandes batallas, se vienen las historias que hemos vivido en innombrables ocasiones, y que nos las repetimos en los momentos mismos en que todo se vuelve definitivo.
No se vislumbra que en el próximo Mundial el Tri pueda pasar de la esperanza a la certeza. Quizá algún aficionado podrá llevar a su memoria futbolera momentos que son por definición divertidos, angustiantes e inolvidables, en donde por fin el futbol nuestro de cada día haga las paces con los aficionados quienes siempre van un paso adelante.