La política es una amalgama de actos y símbolos. La resistencia ante un régimen puede también plagarse de actos y símbolos. Los ciudadanos de Minneapolis actuaron manifestándose contra las redadas del I C E y han logrado que el gobierno norteamericano recule retirando miles de agentes de sus calles.
El domingo, Benito (Bad Bunny), hizo gala de poderosos simbolismos para enarbolar la resistencia sin hacer ninguna mención directa, pero dejando muy claro el mensaje.
Estados Unidos se destaca por sus espectáculos. Ayer, los 13 minutos más televisados del espectáculo demostraron que se puede hacer política bailando. Sin importar si se habla español, el simple hecho de que el número fuera en esta lengua fue una declaración de intenciones y un reconocimiento de la realidad plural de la sociedad norteamericana. Cerca de 60 millones de personas hablan esta lengua en EU. Un 20 por ciento de la población tiene raíces latinas.
Aunque buena parte de los espectadores no vieron más que un número entretenido, para la población hispana que vive en crispación, perseguida, discriminada e infravalorada, fue un himno al reconocimiento de la cultura y la dignidad. Se presentó a los jornaleros que vivifican el campo; los microemprendimientos que nos hablan de esfuerzo y sacrificio; nos habló de la memoria y la preservación de las raíces; nos refirió a la nostalgia de las tradiciones y de la importancia de la familia y la fiesta; y reclamó la integración de los diferentes pueblos en una América abierta y plural.
Benito no sólo nos llevó a la problemática propia de Puerto Rico, un territorio que, siendo parte de EU, ha sido relegado y despreciado mientras que sus habitantes son considerados ciudadanos de segunda, sino que se atrevió a ondear las banderas latinoamericanas en el escenario más prototípicamente estadounidense que pudiéramos pensar. Eligió frases dentro de sus canciones que llevaron mensajes mucho más profundos y confrontantes, cerrando con un “seguimos aquí” que afirma sin miedo que la demografía estadounidense ha cambiado y que ese pasado irreal al que algunos quieren volver, contrasta con el presente vibrante de una población plural que necesita mirarse en el espejo para transitar hacia un futuro esperanzador de unión y fuerza.
El entretiempo del Super Bowl fue mucho más que música, fue política viva. Resistencia cultural y un grito que no puede ser apagado. El gobierno lo tachó inmediatamente de terrible, reconociendo al tiempo que veía una amenaza en el simbolismo presentado.
Millones de estadounidenses no habrán entendido las palabras de Benito, pero hasta para los que más batallan con los simbolismos de una puesta en escena, el mensaje en inglés de las pantallas fue claro: “La única cosa más poderosa que el odio, es el amor.”