Con la publicación de un libro de Julio Scherer Ibarra se abrió el debate sobre el papel de Jesús Ramírez Cuevas, responsable de comunicación social durante el gobierno de AMLO. Desde la oposición se le acusa, entre otras cosas, de haber organizado un “circo de pulgas”, pequeña carpa de reporteros haciendo preguntas cómodas en las mañaneras, en temas que las redes sociales amplifican.
La imagen del circo miniatura es sarcástica, pero el fenómeno al que alude (patrocinio de influencers en nado sincronizado, granjas de bots, compra de pauta) está documentado en muchos países y no como estrategia exclusiva de la vocería de los gobiernos. Irónicamente, quienes participan como personajes curiosos en “circos de pulgas” suelen ser los más burlones de otras compañías micro-circenses. Youtubers, blogueros y columnistas parciales coinciden en alternar el discurso de odio con la adulación, independientemente de que defiendan a políticos en turno o a movimientos ideológicos, partidos o grandes intereses privados. La técnica comunicacional es muy similar. La clave no es la carpa, sino la industria.
Estamos ante una especie de industrialización global de la persuasión digital (IGPD). Ésta funciona como una cadena de producción. Con diseño narrativo, se construye un marco emocional: indignación, miedo, ridiculización que simplifica la complejidad política. Hay infraestructura digital (cuentas reales pagadas, bots, híbridos humano-automatizados y microinfluencers sincronizados). Se requiere activación algorítmica: publicación simultánea, retuits en cascada, creación artificial de tendencias. Tenemos validación mediática (cuando el tema llega a radio y televisión se le considera un termómetro social objetivo, aunque sea una hechura política). Finalmente, debe haber retroalimentación: actores con visibilidad legitiman la narrativa amplificada o, lo que es lo mismo, los intelectuales famosos pontifican sobre el tema y tu amigo el más politizado te envía el tema por WhatsApp en un chat de afines, una cámara de eco.
Lo que parecía opinión espontánea termina siendo producto ensamblado. La IGPD prospera porque explota tres vulnerabilidades: la lógica algorítmica que premia la viralidad, la polarización que convierte cada tema en guerra cultural y los sesgos de nuestro cerebro humano que nos hacen confundir volumen con verdad. Si miles repiten algo, asumimos que es importante.
Los “circos de pulgas” existen en democracias y en regímenes autoritarios. Ahí está la red Truth Social del movimiento MAGA en Estados Unidos. Cambia el estilo, pero la lógica de fabricación de opinión se repite. No es un problema de maquiavelismo de un personaje, sino la mutación estructural de la esfera pública.
Por ello, lo que nos toca no es linchar digitalmente a un cirquero y convertirnos así en parte del espectáculo de feria. Lo que procede es recuperar el arte de la conversación, invitar a nuestros chats de WhatsApp a conocidos con opiniones diferentes, poner reglas y evitar los insultos. También sugiero evitar tener la piel demasiado delgada y aguantar el clímax emocional de cada charla.