México volvió a colocarse esta semana como ese país único en el que lo importante y lo absurdo conviven en el mismo plano, aunque no con el mismo peso.
Mientras en distintas regiones se registraban hechos de violencia que sacudieron a comunidades enteras —como deberían de sacudir a cualquier gobierno—, la conversación pública se dejó atrapar por una sucesión de episodios absurdos, pero que retratan la realidad:
La decadencia de una clase política que ya no disimula. La tragicomedia de una función pública que se vulgariza al nivel de un reality show, que existe para alimentar el morbo de las redes sociales y decorar el nicho de la polarización.
Los 5 días y 3 horas en los que Marx Arriaga se mantuvo atrincherado —“haciendo resistencia”— luego de su destitución de la Dirección de Materiales Educativos de la SEP y del proyecto de la llamada Nueva Escuela Mexicana, envió las peores señales:
Que la autoridad no se ejerce igual sobre todos. Que la falta de respeto a las instituciones, desde adentro, es permisible para ciertos recomendados; que la borrachera del poder ya está causando estragos tan sensibles, que evidencian las debilidades de un movimiento que tiene orillas detenidas con alfileres, resistiendo fuego y lodo “amigo”.
Que la tolerancia al desacato cortesano —o la urgencia de alguna garantía de silencio— bien vale un puesto en el Servicio Exterior Mexicano, cuya vergonzosa etiqueta de basurero político, hace tiempo que le arrebató la dignidad que le quedaba.
Lo ocurrido con el señor Marx Arriaga nunca fue una toma histórica por derechos laborales, fue una vulgar pugna política ensalzada con una trasnochada narrativa heroica.
En cualquier otro país un acto semejante hubiera durado sólo minutos, antes de que interviniera al menos un cuerpo policíaco para reducirlo a un hecho anecdótico, pero este México nuestro lo hizo tema central por días.
Al tiempo que, no muy lejos de ahí, un diputado federal del partido en el poder solicitaba licencia al Congreso por tiempo indefinido, para atender cosas más importantes como participar en La casa de los famosos.
No es ilegal, ni es delito, pero es profundamente simbólico.
Sergio Mayer acumuló 53 ausencias de 62 sesiones y faltó a 19 votaciones. De las 5 iniciativas que presentó, ninguna avanzó, y al final determinó que su prioridad era la pantalla de televisión, no cumplir con el compromiso adquirido de velar por los intereses de los mexicanos.
Sus compañeros de partido no sólo lo disculparon, lo justificaron y hoy sólo atinan a sugerir “cuidar mejor los perfiles en el futuro”.
Mientras tanto en el Senado, lavaban su propia ropa sucia, y le tocó una vez más a Gerardo Fernández Noroña enfrentar ahora medidas cautelares que le fueron impuestas por el Instituto Electoral de Michoacán, por la violencia política de género que ejerció contra la alcaldesa de Uruapan, Grecia Quiroz.
El morenista insiste en negar sus agresiones, asegurando que seguirá ejerciendo su derecho a la libre expresión, en un claro desacato más a la autoridad, que parece no serlo tanto para ciertas cúpulas del poder.
Y mientras tanto en las calles, entre los ciudadanos de a pie, el abrazo de la violencia duele y descoloca, como el reclamo desolador de la madre de Ricardo Mizael, de 15 años, muerto en otro fuego cruzado en Culiacán, Sinaloa.
Como la “confusión” que dejó acribillados en Puebla a 3 jóvenes que sólo habían salido a divertirse al popular bar “Sala de despecho”, en la zona de Angelópolis.
Y luego, las insensibles apreciaciones del gobernador Alejandro Armenta que considera que “las cuatro de la mañana es un horario muy complicado”, pasando por alto su responsabilidad de blindar, a cualquier hora, la seguridad de los poblanos que para eso lo votaron.
O como la joven estudiante del Cobach 2 de Acapulco, que perdió la vida en el transporte público en el que viajaba, por un supuesto asalto —o cobro de piso—, enlutando a una familia más en Guerrero.
Pero esta semana pocos hablaron de eso desde las curules en la Cámara de Diputados o los escaños en el Senado, porque el canibalismo político en las entrañas del partido en el poder, consiguió devorar la agenda.
Una agenda que ya se ha distraído demasiado en lo ejecutivo, cuando la comunidad exhibe con hechos y duelos la emergencia en un sector de la sociedad ya muy lastimada.