ACORDES INTERNACIONALES

Expediente Irán: el frente invisible de China

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Durante años, Irán fue leído como un problema regional: milicias, programa nuclear, sanciones, guerra por delegación. Hoy esa lectura ya no alcanza. La inestabilidad de los últimos días ha golpeado rutas energéticas, ha encarecido riesgos y ha tensado cadenas logísticas. Irán dejó de ser sólo Irán. Hay que verlo como una pieza cuya descomposición arrastra otros tableros.

Uno de ellos es el chino. Desde hace más de una década, una parte del pensamiento estratégico de Beijing exploró una orientación conocida como March West: mover una fracción de su proyección hacia Asia Central, Asia del Sur y Medio Oriente para no quedar encerrado en la rivalidad naval del Pacífico con Estados Unidos. El objetivo, asociado al debate abierto por Wang Jisi (el académico chino de relaciones internacionales que impulsó el debate estratégico March West), no era territorial. Era asegurar energía, abrir rutas terrestres, ampliar mercados y ganar anclaje geopolítico. Irán facilitó ese engranaje.

¿Puede China sobrevivir sin reabastecerse del petróleo de Irán? Sí, al menos en el corto plazo. Reuters reportó que China cuenta con alrededor de 900 millones de barriles en reservas estratégicas, equivalentes a 78 días de importaciones, entre otras reservas posibles. Dicho de otro modo, Beijing tiene oxígeno. Lo que no puede sustituir sin costo es el paquete completo de ventajas que Teherán ofrecía: precio, opacidad, flexibilidad y utilidad estratégica.

En el plano militar conviene hablar con precisión. No estamos viendo una alianza abierta entre China e Irán, pero sí una zona gris de soporte tecnológico, adquisiciones y coordinación estratégica. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó en febrero de 2025 a seis entidades en Hong Kong y China por adquirir componentes para el programa iraní de drones. Y aunque eso no prueba una venta abierta de armas por parte de Beijing, sí documenta, en cambio, un ecosistema recurrente de abastecimiento y facilitación tecnológica, cuya principal fortaleza militar hoy puede describirse como dronera.

Por eso la reacción china ha sido tan elocuente. Wang Yi pidió frenar la guerra, rechazó el abuso de la fuerza y advirtió que promover un cambio de régimen o una revolución de color en Irán no tendría apoyo popular. Beijing ha empujado esa narrativa con fuerza porque su problema no es sólo la pérdida de un proveedor barato. También es la militarización del conducto por donde pasan suministros decisivos.

Ésa es, a mi juicio, la clave para leer este episodio. El conflicto actual busca destruir arsenales, sí, pero también reacomodar la geopolítica: rehacer el tablero con Washington como centro de gravedad.

La guerra en Irán importa por los eventos, sí, pero importa sobre todo por lo que arrastra al caer.

Señales vs. ruido. Ruido. Entre el 7 y el 8 de marzo, el ruido más estridente en redes vino de dos piezas visuales: el video falso que supuestamente mostraba a Irán derribando un caza enemigo y el clip generado con IA (inteligencia artificial) de un rascacielos en Bahréin supuestamente alcanzado por un misil iraní. Ambos fueron identificados como desinformación.

Señales. Lo que sí está confirmado es que Mojtaba Jamenei fue designado nuevo Líder Supremo de Irán por la Asamblea de Expertos; no fue una elección popular, sino una sucesión clerical formal reportada por agencias internacionales y medios de referencia.

En cuanto al número de países implicados al 8 de marzo, el total es de 17.

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