En una guerra, los ataques son totales: infraestructura, credibilidad y certidumbre. Eso lo hemos visto desde el inicio del conflicto en Medio Oriente. Cuando Israel golpea puestos de control de la Guardia Revolucionaria y de la Basij con información de informantes dentro del país, el daño no se limita al blanco alcanzado, sino que llega a la sociedad entera: le avisa que el aparato de coerción está infiltrado, que sus movimientos pueden ser leídos desde dentro y que su retaguardia ya no es plenamente segura.
La guerra psicológica actúa en ese nivel. Mientras los ataques con misiles apuntan a reducir capacidades, el uso de información de espías siembra desconfianza dentro de la estructura que sostiene al régimen. Si un mando sospecha de sus propios cuadros, si un funcionario desconoce quién filtra, si un cuerpo de seguridad teme que su ubicación haya sido entregada, la disciplina deja de ser tal. La confianza operativa deja de sostenerse, y las actuaciones responden, cada vez más, al miedo. Y ahí es, precisamente, donde comienzan a aparecer los errores y las traiciones.
Más que el espionaje clásico, lo que Israel parece estar desplegando es una combinación de penetración humana, vigilancia de rutinas y engaño operativo. El patrón ya se había visto. Reuters reportó en junio de 2025 que, en ataques previos, Israel combinó una maniobra pública de distracción sobre el momento de la ofensiva con operaciones del Mossad sobre el terreno para inutilizar sistemas iraníes. Visto en conjunto, el método no consiste sólo en saber dónde pegar, sino en convertir esa capacidad de saber en una forma de humillación estratégica: demostrar que las rutinas del aparato son legibles, que sus mandos pueden ser localizados y que la profundidad defensiva del régimen ya no está cerrada.
La reacción iraní deja ver el otro lado de esa presión. El 19 de marzo, las autoridades anunciaron el arresto de 97 presuntos colaboradores de Israel y de otras 41 personas acusadas de enviar videos a medios opositores en el extranjero. El mismo día ejecutaron a tres hombres detenidos tras las protestas de enero, presentándolos como responsables de actuar en favor de enemigos externos. No es una respuesta menor. Es un intento de restaurar el monopolio del miedo, disciplinar la circulación de información y recordarle a la propia estructura estatal que la deslealtad tiene castigo. Cuando un régimen necesita intensificar ese tipo de escarmiento, no siempre exhibe fuerza; a veces delata ansiedad.
Conviene, sin embargo, no convertir la ansiedad en profecía. Una campaña de infiltración, intimidación y caída de altos mandos puede desorganizar al régimen sin producir por sí sola un relevo político viable. La propia evaluación estadounidense distingue entre objetivos: Washington ha puesto el acento en capacidades misilísticas y navales, mientras Israel ha concentrado buena parte de su esfuerzo en la dirigencia iraní. Varios analistas han señalado, además, que las campañas de descabezamiento pueden degradar una estructura, pero también endurecerla, radicalizar a sus sucesores o prolongar el conflicto sin abrir una salida reconocible.
Aun así, muchas transiciones empiezan en un punto parecido a éste: cuando la inestabilidad en la cúpula siembra miedo en las fuerzas que sostienen al poder y, al mismo tiempo, debilita ante la sociedad la imagen de invulnerabilidad del régimen. Esa parece ser, al menos en parte, la apuesta de Israel. No sólo destruir activos iraníes, sino modificar la distribución del miedo dentro de Irán: que aumente la incertidumbre en la cadena de mando y que una parte de la ciudadanía empiece a percibir que el poder ya no controla del todo el terreno que pisa. Si eso ocurre, la guerra psicológica deja de ser un frente auxiliar. Empieza a convertirse en el terreno donde se prepara, o no, la posibilidad de una transición.