La guerra en Irán ha entrado en un momento crítico. Después de que el intento de derrocar al régimen desde el aire fracasó por completo, Trump quedó hundido en un laberinto sin salida, con opciones malas y otras peores, sin un camino seguro hacia objetivos que nunca se definieron con claridad y con una enorme presión tanto de los países del Golfo, inmiscuidos en una guerra que no querían; la comunidad internacional, dándole la espalda a Estados Unidos; y una enorme crisis política interna, donde no solo la oposición, sino su propia base piden un fin a la guerra, con los precios de todos los insumos aumentando precipitadamente en respuesta a la crisis energética.
Trump supuso que los bombardeos y el asesinato de los líderes políticos y militares de Irán, incluidos aquellos que sólo hace unas semanas acribillaron a decenas de miles de iraníes, ocasionarían o alguna escisión dentro de la cúpula del poder o una revuelta popular. A 20 días de que inició el conflicto, queda claro que el régimen tenía puesto en forma un plan precisamente para este escenario que, en resumen, consiste en, primero, la descentralización del mando militar, de tal manera que sin importar qué dirigentes o generales mueran, las órdenes, dadas de antemano, se cumplan; y, segundo, escalar el conflicto lo más rápido y fuerte posible.
Primero atacaron a los países del Golfo, incluidos países relativamente amigos como los Emiratos Árabes Unidos y el propio Qatar, y, para sorpresa al parecer del mando militar estadounidense, que no se preparó bien para este escenario, atacaron entonces a barcos comerciales, cerrando de facto el estrecho de Ormuz y aumentando así los precios del petróleo, dando un fuerte golpe a la economía mundial. Los costos que Irán, sin importar que su ejército esté obliterado, puede ejercer son suficientes para causar una crisis de envergadura mundial. ¿Qué opciones tiene entonces el presidente Trump para declararse victorioso en esta guerra una vez que quedó claro que el régimen ha sobrevivido este primer acto?
Una primera opción sería crear un sistema para que el ejército estadounidense, y tal vez el de otros países, proteja a barcos comerciales que transitan por los 40 kilómetros de Ormuz. Sin embargo, esto requeriría una enorme fuerza naval y aérea, una operación casi imposible, pues cualquier barco iraní inflable con misiles portátiles puede poner en duda toda la operación, además de que no es seguro que las empresas privadas quieran correr el riesgo. Es decir, parece improbable que Trump pueda quitarle a Irán su arma predilecta.
Una segunda opción sería rescatar el uranio enriquecido que está aún en manos de Irán para entonces declarar una victoria, asegurando al mundo que Irán no podrá conseguir un arma nuclear. El problema es que estos residuos están decenas de metros debajo de la tierra, enterrados después de bombardeos estadounidenses, y esta operación requeriría cientos de soldados, expuestos a una respuesta iraní, además de la proeza de sacar uranio enriquecido bajo fuego sin que haya un accidente nuclear. Demasiado riesgo.
Una última opción militar es ocupar Juzestán, la región donde Irán produce cerca del 90 por ciento de su petróleo, quitándoles así su principal recurso y forzándolos a rendirse. De nuevo, una operación que requeriría cientos de soldados ocupando tierra iraní, poniéndolos en el blanco de sus misiles y drones. Operación riesgosa cuyo éxito no está asegurado ante un régimen que parece no rendirse ante nada.
Todas estas opciones implican tropas estadounidenses en tierra iraní. Una vez que eso sucede, ésta puede terminar no siendo una guerra de meses, sino años. La única otra opción es parar. Declarar retóricamente una victoria y detenerse. Esta acción tendría sin duda un gran costo político para Trump, pero ante las otras opciones parece que cualquier otro camino podría tener peores consecuencias políticas. Es momento de decidir: parar o escalar.