ANTROPOCENO

Borrachos en el estadio

Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

El estadio lleno, el suspenso hasta el último minuto, la euforia colectiva… pero, entre la multitud, muchos aficionados completamente ebrios, abucheando a su propio equipo o lanzando gritos homofóbicos. Gritan, se tambalean, protestan por algo que apenas perciben. Son una buena metáfora de nuestra época.

Creemos que el objetivo principal de la vida es “ser felices”. La consigna se repite en la publicidad, en las redes sociales y, con demasiada frecuencia, también en la filosofía. Pero la felicidad es efímera y subjetiva. La vida, en cambio, suele ser larga. Construirla sobre una emoción pasajera es como intentar sostener una casa sobre una ráfaga de viento.

Fue una pésima circunstancia el que se tradujera el término eudaimonía de Aristóteles como felicidad. Eudaimonía significa algo más exigente: plenitud, florecimiento, vida lograda. Para el filósofo griego, el objetivo de la existencia no es acumular momentos placenteros, sino poder mirar la propia vida —como si fuera una película— y reconocer en ella cierta coherencia, cierto crecimiento, algo digno de aprobación.

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Esa vida lograda puede haber tomado muchas formas: trabajamos en algo que nos enorgullece, cultivamos habilidades, producimos algo valioso, logramos construir amistades y amores significativos. Que algunos mueran sin alcanzar ese ideal no lo invalida, sólo muestra lo difícil que es.

Hoy, sin embargo, esa visión es considerada “cerrada” o “dogmática”. En su lugar, se propone otra consigna, no menos rígida: “debemos ser libres y felices”. La paradoja es evidente. Se rechaza una tradición milenaria por, supuestamente, imponer un ideal de vida, sólo para sustituirla por otro mandato igualmente autoritario, pero más pobre: “goza, consume, no te limites”.

¿El sentido de la vida puede ser asistir a un Mundial, si para ello vendes tu casa, y luego pasas años trabajando en condiciones precarias? ¿Puede ser la emoción de una noche en el casino que termina en la ruina tuya y de tus hijos? ¿La vida reducida a una gratificación instantánea junto a una estela de vacío? Eso no es libertad, es alienación.

Se dirá que en una sociedad libre cada uno puede hacer de su vida un papalote y echarlo a volar. Pero eso es, en el fondo, una ilusión. No toda elección es valiosa y espontánea. Y Occidente no es sólo el individualismo de John Locke, sino también la crítica de los deseos artificiales de Juan Jacobo Rousseau y la ética de la virtud de Aristóteles. La libertad, para este último, no consiste en entregarse sin freno a cualquier impulso, sino en ponerse uno primero.

Sí, la libertad sí es un bien extraordinario. Quienes han vivido en dictaduras saben lo que significa poder tomar una decisión trivial (beber un refresco de cola, contar chistes políticos sin miedo). Pero el supuesto derecho a destruirse es más bien un invento de los vendedores de opio. No hay un derecho fundamental a ser ludópata, alcohólico, adicto al fentanilo o prisionero de una pantalla.

Regresando al estadio, el problema no es la fiesta, ni la emoción, ni el exceso ocasional. La bronca es cuando toda tu vida parece ruido, euforia y pérdida de control.

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