Es cuestión de tiempo para que Trump meta el acelerador en Cuba. Hay avances en las conversaciones, pero es claro que lo importante está por venir.
Cuba no puede ser vista con los mismos ojos y convicciones de los 60. El paso del tiempo acabó mostrando virtudes, pero, sobre todo, problemas que tienen que ver con la concentración del poder, con todo y el embargo estadounidense.
La falta de análisis y crítica es a lo que se han negado los simpatizantes del régimen cubano. No es un asunto que se circunscriba a derechas e izquierdas. La situación de la isla es por muchos motivos apremiante, fundamentalmente por la forma en que ha sido gobernada, al menos en los últimos 20 años.

El queda bien
Cuba está contra las cuerdas no sólo por el castigo que, desde el exterior, lleva décadas. De alguna manera el país ha logrado contrarrestar el embargo, porque el dinero de los familiares de los cubanos ha llegado a la isla, a pesar de los “trámites” que exige el gobierno y también de lo que se cobra por estas remesas.
Si no se coloca al gobierno como parte del problema, lo único que va a pasar es que la ayuda que llegue del exterior será discrecional o terminará en manos de los que menos la necesitan. Militar con la causa cubana tiene sentido en función de un proyecto de gobierno y vida que durante mucho tiempo logró sorprender al mundo bajo una idea que en los 60 y en los 70 respondía a un marco ideológico por confrontaciones entre lo que se llamaba comunismo y capitalismo.
Era la división del mundo que provocó la Guerra Fría. La defensa de posiciones se convirtió en un elemento fundamental para entender y vivir aquellos tiempos. El capitalismo salvaje estaba encima de nosotros y Cuba se convirtió en una alternativa y en algún sentido en un equilibrio frente a la dominación estadounidense, que nuestro país vivió por momentos y que no es muy diferente a lo que hoy nos impone Trump.
Sin embargo, muchas cosas han cambiado y no podemos quedarnos congelados en el tiempo. No se pueden soslayar las innumerables violaciones a los derechos humanos en Cuba, las cuales han sido parte de la gobernabilidad.
No ver que el gobierno es uno de los temas a discusión es pensar que el tiempo no ha pasado y que las cosas se pueden leer con ojos de los 60 y 70. La isla no cambió, porque el gobierno no quiso que cambiaran las cosas, y porque además mantuvo la misma idea que le permitía concentrar el poder y la gobernabilidad, a través de una cúpula que determinaba, y determina, los lineamientos de la vida de los cubanos.
Nadie puede avalar cualquier intervención que venga de EU. El problema es que en lugar de escuchar la crítica y abrir los espacios, el gobierno cubano optó por cerrarlos, lo cual terminó por evidenciarlo. Países afines han llamado la atención de este asunto, pero el gobierno sólo escuchó lo que quería escuchar. Cuba tiene que decidir por sí misma, pero para eso el gobierno tiene que hacer muchas cosas diferentes para generar por encima de todo la justicia interna.
Podrá argumentarse que el problema venía del exterior, pero al interior se construyó un gobierno autoritario que no permitió la pluralidad en todos los sentidos.
Las donaciones de López Obrador, atendidas desde la burocracia de manera expedita, probablemente dejará los dineros en el gobierno de la isla. Sin maniqueísmos, son muchos los problemas en el país, como para tratar de echar la casa por la ventana hacia el exterior.
Mientras desde México no se quiera entender y ver que el sufrimiento de millones de cubanos tiene como una de sus causas a su propio gobierno, lo que se haga desde acá podría dividir más a la isla, no es un asunto de buenos y malos como lo quieren hacer ver desde Palacio Nacional.
RESQUICIOS
La Cancillería salió un poco del letargo en que la metió López Obrador. La salida de Juan Ramón de la Fuente debiera ser un momento para considerar a las y los integrantes del Servicio Exterior.

