La guerra en Irán es la primera guerra verdaderamente de Netanyahu. En sus más de 20 años en el poder, Benjamin Netanyahu podría definirse, hasta hace poco tiempo, como un líder de mucho ruido y pocas nueces.
Más allá del bravado de Bibi, de sus declaraciones estruendosas y de sus slogans de campaña –en los que prometió una y otra vez acabar con Hamas, con Hezbolá, con Irán, obliterarlos y así proveer la seguridad que, según él, la izquierda es incapaz de conseguir—, en realidad Netanyahu siempre le ha temido a la guerra y a sus consecuencias políticas.
Por casi dos décadas, el primer ministro de Israel se opuso a iniciar guerras y trató de evitar invasiones terrestres. Sólo con los palestinos, los más débiles entre sus enemigos, se atrevió a operar, aunque siempre con precaución y casi exclusivamente desde el aire, donde las probabilidades de derrota para Israel son bajas. Su cautela fue siempre una parte esencial de su estrategia política: presentarse ante el electorado como el único líder con el “valor” de enfrentarse al enemigo, pregonar por el mundo las enormes amenazas que acechan a Israel y a Occidente en el Medio Oriente, pero al final jamás actuar por cuenta propia. Mantener y reforzar siempre la idea de una inminente amenaza de la que sólo él podría salvar a su pueblo.
Y entonces llegó el 7 de octubre. El ataque de Hamas, una sorpresa que Netanyahu no esperaba, lo obligó a regañadientes a responder. Primero en Gaza y luego en Líbano. Según varios reportes, incluso en este caso fueron los generales y otros políticos quienes forzaron a un Netanyahu temeroso a actuar. Estas no fueron guerras que Netanyahu planeó y, por lo tanto, le ha sido relativamente sencillo deslindarse del fracaso ante sus seguidores. Si Israel no ha logrado acabar con Hamas y Hezbolá, no es culpa de él, sino del ejército, de Biden, o es simplemente cuestión de tiempo.
Entonces llegó Irán. A diferencia de toda su carrera política, la actual guerra en Irán fue iniciativa de Netanyahu: una campaña de meses que incluyó múltiples visitas a la Casa Blanca para convencer al presidente Donald Trump de iniciar una guerra con objetivos demasiado ambiciosos y poco probables de alcanzarse. Netanyahu, después de casi tres años de guerra y en medio de un juicio por corrupción que probablemente lo lleve a la cárcel, ha sido incapaz de recuperar el apoyo del electorado. Encuesta tras encuesta revela que podría perder el poder pronto.
La opinión pública sobre Netanyahu es negativa en prácticamente todos los temas, excepto en su manejo de la amenaza iraní. Fue Netanyahu quien le vendió no sólo al pueblo israelí, sino también a Estados Unidos, la idea de que Irán representa una amenaza existencial. Fue él quien, rompiendo con la tradición bipartidista, viajó al Congreso para hablar en contra del acuerdo del presidente Obama con Irán, y quien empujó a Trump a abandonarlo.
Netanyahu, sabiendo que le quedan pocas cartas, tomó la apuesta política más grande de su carrera: no sólo hablar de Irán, sino atacarlo. A más de un mes del inicio de esta guerra, los resultados no son alentadores. El régimen no cayó ni parece estar cerca de rendirse. Los votantes comienzan a ver el bluff de Netanyahu, el engaño, la hybris. Netanyahu puso a prueba no sólo su última carta, sino el argumento político más fuerte de la derecha israelí en las últimas dos décadas: que sólo mediante la fuerza y la violencia se puede sobrevivir en el Medio Oriente. Su apuesta parece estar convirtiéndose en una derrota.