APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

¿Fracaso de Habermas?

Jürgen Habermas, filósofo y sociólogo alemán. Foto: Especial

A la muerte del importante pensador alemán, Jürgen Habermas (1929-2026), se han escrito todo tipo de semblanzas, algunas de ellas ancladas en el reproche de que la vida del filósofo fue rebasada por un tiempo bárbaro, en el que el proyecto ilustrado ya no se da por inconcluso o inacabado, sino por refutado o destruido.

Hay algo vergonzantemente prometeico en esa idea del filósofo como visionario o profeta, aunque se trate de un gesto filosófico matizador o crítico como el de Habermas. Desde sus primeros libros, Historia y crítica de la opinión pública (1962) y Conocimiento e interés (1968), hasta los de madurez, Teoría de la acción comunicativa (1981) o El discurso filosófico de la modernidad (1986), la obra de Habermas evitó la formulación sistemática de Marx o Weber y se mantuvo en un tipo de resistencia mínima a la razón instrumental del capitalismo.

Ahora se le reprocha a Habermas no haber contribuido a una teoría de la revolución anticapitalista, que tampoco vio con buenos ojos, dadas sus críticas al socialismo burocrático de la URSS y Europa del Este. A pesar de su mezquindad, o precisamente por ella misma, es cada vez más común la actitud de cierta izquierda de reprochar a los críticos del totalitarismo comunista el ascenso de las nuevas derechas y los rebrotes del fascismo.

La lógica indica que ha sido al revés: fueron las izquierdas antidemocráticas, en todo el mundo, verdaderos ensayos de liderazgos populistas como los Donald Trump en Estados Unidos, Victor Orbán en Hungría, Vladimir Putin en Rusia y Tayyip Erdogan en Turquía. Es en aquellos regímenes, que hasta el último minuto dieron la batalla del socialismo real y rechazaron las democratizaciones de fines del siglo XX, donde se encuentran los más claros antecedentes de la regresión democrática de hoy.

Brezhnev y Honecker, Ceausescu y Zhivkov, Husák y Jaruselski fueron los precursores de los autócratas globales de hoy. Ellos también pensaban que debía existir un equilibrio mundial, que contrarrestase el poder de Estados Unidos y Europa occidental. Y ellos fomentaron cuanta dictadura tuvieron a la mano en el Tercer Mundo, con tal de mantener ese supuesto equilibrio.

También sostuvieron dictaduras anticomunistas y derechistas Estados Unidos y Europa por todo el Tercer Mundo, pero llegado el momento de las transiciones democráticas de fines del siglo XX, quienes se resistieron fueron las izquierdas totalitarias. Jürgen Habermas, en aquellos años, se puso del lado de la democratización y hoy no pocos se lo reprochan.

Pero, ¿qué habría sido preferible entonces? ¿Que no cayera el Muro de Berlín y que persistieran la URSS y sus satélites? ¿Habría contenido con mayor eficacia, aquel segundo mundo, el avance neoliberal y la actual destrucción de un sistema internacional basado en reglas de mínimo consenso universal? Son preguntas contrafactuales a las que Habermas habría respondido con negativas.

El fracaso no fue de Habermas, fue de las democracias excluyentes y disparejas construidas después de 1989 y de una Unión Europea que se ha dejado amedrentar por nuevos caudillos a ambos lados del Atlántico. Pero seguramente el costo habría sido mayor si aquellos regímenes hubiesen permanecido en el poder y hubieran reforzado sus poderes en medio de la despiadada competencia mundial por nuevas zonas de interés y nuevos enclaves que colonizar.

Habermas y otros pensadores de la Escuela de Frankfurt representaron por muchas décadas una opción intelectual de rigor contra la deshumanización capitalista. Con frecuencia se les asoció rígidamente con la socialdemocracia, pero lo cierto es que también se aproximaron a diversas variantes del comunitarismo. Mejor no descartar tan a la ligera esas voces que tal vez sean útiles si, como aparecen anunciar los nuevos tiempos, el rearme fascista continúa y con él la distorsión de los legados más recientes del pensamiento occidental.

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