En la página final de sus Cuadernos para la historia de Cuba (ITAM/ Fundación Ortega-Marañón, 2025), John Womack cierra el volumen con estas palabras: “Imaginar que Cuba, tal como está organizada ahora, se derrumbará como Alemania del Este es, creo, una ilusión. Conquistarla es posible, pero sería tremendamente costoso en sangre y dinero. Negociar, en abstracto, es lo más razonable, pero hasta ahora ha sido imposible incluso acordar los términos de la negociación, ya que Estados Unidos insiste en su definición y Cuba insiste en su independencia absoluta”.
Estas palabras fueron escritas, como recuerda Womack en el Prefacio, entre 1994 y 1999. En aquellos años gobernaba Estados Unidos el demócrata Bill Clinton, un presidente que abrió una interlocución tímida e indirecta con La Habana, antes de 1996, cuando regía la Ley Torricelli, cuyo “segundo carril” mostraba alguna voluntad negociadora. Después del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, por el que hoy se está imputando a Raúl Castro en Estados Unidos, Clinton, que había expresado el deseo de vetar una nueva ley que reforzó el embargo comercial contra la isla, la Helms-Burton, firmó esta enmienda y la relación bilateral se complicó al final de su mandato.
Cuando Womack hizo las últimas revisiones de aquellos cuadernos, a fines de la década, las relaciones entre Estados Unidos y Cuba estaban por entrar en uno de sus momentos de más frenética confrontación, con el caso del niño balsero Elián González. El texto del historiador de Harvard no refleja tanto la rispidez de los años finales de la administración Clinton y, sobre todo, los primeros de la de George W. Bush, como la atmósfera menos tensa de la primera mitad de los 90.

• Otra plaga; lanzan SOS
Resulta revelador el pasaje, no sólo por el realismo con que Womack observaba entonces las pocas posibilidades de un cambio de régimen en Cuba. No compartía el historiador el predominante entusiasmo que entonces suscitaba la idea de que se produciría un desplome del socialismo real en la isla, como el que experimentaban los regímenes de Europa del Este. Aquel pesimismo era, sin dudas, visionario, a la luz de la historia de Cuba en el tránsito del siglo XX al XXI.
Pero más premonitorio resultaba que contemplara la posibilidad de una negociación entre Estados Unidos y Cuba. En aquellos años, en que Fidel Castro gozaba de un renovado reconocimiento en América Latina, gracias, en buena medida, a líderes decididos a incluir a Cuba en foros iberoamericanos como Felipe González, Carlos Andrés Pérez o Carlos Salinas de Gortari, eran muy pocos los que creían en la posibilidad de un entendimiento entre Castro y Clinton.
Muy probablemente, cuando escribió aquel pasaje, Womack estaba al tanto del intento de mediación entre Estados Unidos y Cuba, que hizo Carlos Salinas de Gortari, con ayuda de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Y seguramente, la interpretación de Womack sobre el porqué fracasaron aquellas negociaciones, luego de la Ley Helms-Burton —aunque por el camino lograron el acuerdo migratorio de 1994, tras la “crisis de los balseros”— tuvo que ver con su lectura del reforzamiento legislativo del embargo comercial estadounidense.
Cuando Womack se refería a la posibilidad de una “conquista” de Cuba tal vez estuviera pensando en los impactos de la presión comercial intensificada en la Ley Helms-Burton o, de hecho, en una intervención militar. Cualquiera de esos dos escenarios se derivaba de la frase del historiador de que Estados Unidos persistía en su “definición” de Cuba como un régimen comunista, enemigo de Washington.
En lo único en lo que, quizá, el pronóstico de Womack erró fue en la idea de que la apuesta de Cuba era por una “independencia absoluta”. La historia tanto de la dependencia de La Habana de la Venezuela chavista como de la propia negociación entre Raúl Castro y Barack Obama, entre 2013 y 2016, prueba que Cuba sí cedió en su soberanía.


