En Italia tendrán que preguntarse muy en serio el porqué de su ausencia a tres mundiales seguidos. Dice quien fue un extraordinario jugador de la Roma que los futbolistas se han aburguesado.
Los jugadores se han convertido en los personajes conocidos y modelos aspiracionales, se han construido en torno a ellos una élite social. De los tiempos en que eran vistos con cierto desprecio por su origen de clase, se han convertido en personajes de mayor atención y, de alguna forma, el modelo de millones de niños y jóvenes, bajo el singular impulso de sus padres que suponen que detrás de sus hijos está su futuro asegurado.
El aburguesamiento de los futbolistas fue señalado por César Luis Menotti. Decía que los jugadores al momento en que tienen el mundo a la mano se les olvida que, para mantenerse en ese lugar lo más importante es continuar por la misma línea que los llevó al sitio en donde están.

Agarrón Amador-Ortiz
Con Italia aparece otra variable. Es tal el avorazamiento por el negocio que únicamente el 30% de los jugadores en su liga son italianos. El resto son extranjeros o nacionalizados, tendencia que llegó para quedarse por más que se le señale.
Este fenómeno se repite en muchos países. Si bien el futbol es un deporte universal, en términos de las selecciones nacionales requieren de un proceso formativo interno, el cual muchas veces pasa a segundo plano con tal de mantener el negocio bajo una supuesta competitividad entre los equipos.
En la algarabía de repechaje vimos cómo las selecciones llegaron a su límite. Bosnia-Herzegovina le ganó a Italia porque desarrollaron un esfuerzo continuado, porque no bajaron la guardia y porque entendieron su oportunidad única.
Mientras los bosnios hacían sus deberes futboleros arropados por su maravillosa afición, Italia jugaba a defenderse con un hombre menos. En los penaltis por lo general gana la convicción, la cual muchas veces está por encima de la técnica.
Lo que vivió la afición bosnia fue una fiesta inolvidable. Vivirán ahora de la esperanza del Mundial, pero mientras la alegría nadie se las quita, y más al vencer a un equipo que a pesar de vivir en medio del caos sigue siendo de alcurnia.
La algarabía de Bosnia, Irak y República del Congo es una de las manifestaciones más auténticas de una sociedad, que en medio de sus innumerables problemas encuentra en el futbol un momento para apoderarse de las calles en donde no se pide nombre y apellido. La algarabía es colectiva porque el futbol se queda en medio de un congelamiento del tiempo.
Lo que vendrá en el Mundial será otra historia. Lo importante es que tuvieron su momento. Tuvieron la incertidumbre de ser eliminados, lo cual estando en un momento decisivo se convierte en un pasaje inolvidable en la relación que guardan las sociedades con ellas mismas a través del futbol.
Va a ser difícil que puedan aspirar a mucho las selecciones de estos países. De alguna manera han sentido ya la gran emoción de saber que pelean y que pueden poco a poco ir formando condiciones diferentes en sus propias ligas, a pesar de las dificultades de ligas como la de Irak, que están en medio de la guerra y el fuego como una de sus formas de vida.
Bolivia tiene razones para llorar su eliminación. Les duele porque su paso en el repechaje les generó justificadas esperanzas. La desazón que vive su afición y sus futbolistas tendrá solamente en el tiempo la posibilidad de superarla, pero no se olvidará e irá directo al archivo de su memoria futbolera.
El repechaje mostró lo que se viene con el Mundial. Las sociedades tienen al futbol como un escape, pero también como una forma de identidad y cohesión anónima en que festejamos y lloramos el triunfo y la derrota con el de junto sin saber su nombre y apellido.
La algarabía futbolera se acerca a un nuevo clímax.

