El domingo pasado se celebraron elecciones en Hungría y Perú. Más allá de la obvia relevancia doméstica en esos países, los resultados de los comicios arrojaron importantes lecciones y consecuencias en el ámbito internacional.
Empecemos con Hungría. El contundente triunfo de Péter Magyar (Tisza) pone fin a 16 años de gobierno de Viktor Orbán (Fidesz). La crisis de representación en las democracias liberales alrededor del mundo ha dado lugar al surgimiento de regímenes populistas de tendencia autoritaria —“iliberales”—, ya sea que se identifiquen como de derecha o de izquierda, de los cuales Orbán ha sido uno de los referentes más significativos; en el caso, de corte ultraconservador, nacionalista, nativista y antieuropeo. El cambio es un respiro para la Unión Europea, que por fin se libra del “decano incómodo”, el que más tiempo llevaba —desde mayo de 2016— al frente del gobierno de un país miembro, dinamitando desde dentro la acción comunitaria, en alianza con la Rusia de Putin y los Estados Unidos en los gobiernos de Trump.
Sin embargo, hay que tomar los hechos con cautela. El éxito de Tisza residió en que supo convertirse a tiempo en la némesis de Fidesz, cuando, en realidad, su origen político se construyó desde el interior de éste. Magyar tuvo la habilidad de ser el insider crítico del régimen, que construyó paulatinamente una base electoral propia y que aprovechó magistralmente la coyuntura de opinión adversa hacia Orbán, que no había presentado con igual intensidad en las elecciones de 2014, 2018 o 2022.

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De cualquier manera, es una muy buena noticia constatar que, si la ciudadanía así lo decide, las elecciones son el mecanismo idóneo para terminar con esos gobiernos de corte populista-autoritario, por más larga y amarga que haya sido la experiencia. Un ejemplo que inspira a otras naciones.
El mejor de los escenarios, ahora, es que Magyar encabece un gobierno liberal de centro-derecha, alineado con los intereses de la UE y de la OTAN, que rectifique la postura hacia Ucrania y que vaya restaurando la democracia pluralista y el Estado de derecho, desmontando el legado regresivo y polarizante de Orbán.
En cambio, lo de Perú es, cuando menos, motivo de preocupación. Tras dos elecciones presidenciales (2016 y 2021) y gobiernos que se supone debían durar 5 años, Perú ha tenido ocho presidentes en la última década. Al revisar la historia reciente puede entenderse por qué la inestabilidad y la crisis política: renuncias, destituciones, acusaciones judiciales, encarcelamientos y hasta un suicidio. A pesar de todo, las elecciones habían servido como una oportunidad para reencauzar a un país cuyo sistema político tiende, por diseño, a la crisis. Inclusive, en dos de los tres últimos procesos electorales (2016 y 2021), Keiko Fujimori, quien ganó en primera vuelta, terminó aceptando sus derrotas al celebrarse la segunda, con cerradísimos resultados.
Lo que ocurrió ahora es delirante: con 35 candidatos presidenciales en la boleta era imposible realizar un voto informado y consciente; y, además, en esta ocasión, hasta lo que no podía salir mal, falló: la jornada electoral no se realizó satisfactoriamente porque no se aseguraron las garantías para que se instalaran todas las casillas previstas, lo que llevó a que en algunos sitios se extendiera al lunes la jornada electoral, vulnerándose el principio de certeza, que debe ser el faro de las autoridades electorales.
Aún sin resultados definitivos, lo que ya se sabe es que, por cuarta ocasión consecutiva, Keiko Fujimori disputará un nuevo balotaje y que, quien sea que asuma la Presidencia el próximo 28 de julio, no contará con mayoría en el Congreso: otra vez, condiciones a la vista para prolongar la crisis política en Perú.

