VIÑETAS LATINOAMERICANAS

Deseos de una debacle en Cuba

Rafael Rojas. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Rafael Rojas. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

La semana pasada, la encuestadora Bendixen y Amandi dio a conocer, en el Miami Herald, una muestra en la que 79% de los cubanos de la Florida estaba de acuerdo con una intervención militar en la isla. La alta cifra —tal vez la mayor desde los años 60 y 70— es consistente con un porcentaje similar que se opone a una negociación entre Estados Unidos y Cuba, como la que, a pesar de tan poca transparencia de un lado y el otro, tiene lugar desde hace meses.

Desde el 3 de enero de este año, cuando se produjo la acción militar de Estados Unidos en Caracas, no pasa una semana sin que haya rumores o reclamos de una intervención en Cuba. En las redes sociales se reportan portaviones o drones rodeando la isla y se anuncia una inminente escalada militar que produciría el derrocamiento del gobierno de Miguel Díaz-Canel, la captura de algunos dirigentes históricos y el añorado cambio de régimen.

La inminencia de una invasión no sólo es algo que dan por descontado buena parte de esa comunidad emigrada, sino el propio gobierno cubano y sus aliados en América Latina. En Cuba, desde hace meses, tiene lugar una movilización permanente en espera de la invasión, y en México y otros países latinoamericanos, las campañas de solidaridad se intensifican, con envíos de ayudas y hasta ofrecimiento de voluntarios para ir a combatir al imperialismo en la isla.

Hemos sostenido aquí que una intervención militar en Cuba sería humanamente costosa e históricamente irresponsable. Cubanos y estadounidenses morirían en la confrontación y un nuevo enclave militar de la gran potencia en Cuba devolvería la historia de la isla a 1898 o 1906, años traumáticos del pasado nacional, cuando la hegemonía de Washington en territorio cubano y, en general, en el Gran Caribe, se afirmaba por medio de la fuerza.

Además de una enorme oposición global, una acción armada de Estados Unidos en Cuba tendría muy pocas posibilidades de funcionar como una premisa de consenso para la reconstrucción política en el país. El nuevo régimen nacería con un déficit originario de soberanía, muy parecido al que minó la legitimidad de la primera República cubana (1902-1934), en tiempos de la Enmienda Platt.

La encuesta de Bendixen y Amandi deja claro que la gran mayoría de la diáspora cubana respalda la intervención porque no encuentra otra alternativa para el cambio y aborrece que éste sea producto de una negociación. Pero esta última vía, la negociación, curiosamente también es rechazada por la corriente más inmovilista y soberbia del régimen cubano, y los entusiastas de la solidaridad con la Revolución y la resistencia del “heroico pueblo cubano” en México y América Latina.

De manera que en el deseo de debacle confluyen, involuntariamente, quienes promueven la intervención y quienes apuestan, no a la necesaria reforma y al indispensable entendimiento con Estados Unidos, sino al sacrificio numantino de los cubanos en aras de un antiimperialismo que nadie practica ya en América Latina.

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