En días recientes se ha presentado una intensa actividad política y diplomática alrededor del mundo, con Donald Trump —faltaba más— como el protagonista central, expreso o tácito. El asunto más importante, por supuesto, el de la guerra entre Irán y Estados Unidos e Israel, así como la de este último en el Líbano, que en estos días entran en un impasse tras los fracasos en las (pocas) negociaciones y las (muy precarias) treguas que mantienen estancado y latente el grave conflicto en Medio Oriente.
En una derivación de ese conflicto, el presidente estadounidense, en su más puro estilo desafiante e irresponsable, hizo dos cosas particularmente innecesarias y desconcertantes, que generaron fuertes reacciones negativas: la amenaza de que podía acabar de golpe “con una civilización entera” y las imágenes creadas con inteligencia artificial en las que Trump —primero— se identificaba con Jesucristo y —después— se veía acompañado por él.
Lo primero desencadenó firmes rechazos de diversos liderazgos a nivel mundial, incluyendo al papa León XIV, quien, con firmeza y sin ambages, reprobó la amenaza del presidente estadounidense. En respuesta, vinieron las críticas de Trump al pontífice, diciendo que era “terrible en política exterior” y “débil contra el crimen”, a lo que León XIV respondió: “Seguiré alzando la voz para construir la paz” y “no tengo miedo a la administración Trump”. En la airada y poco pensada —nada sorprendente— reacción, Trump publicó la abyecta primera imagen antes mencionada, lo que empeoró las cosas, pues causó fuerte indignación entre los fieles cristianos —especialmente los católicos— en todo el mundo y en los mismos Estados Unidos, lastimando así a la base religiosa del Partido Republicano —algo no menor—, lo que hizo que rectificara y la eliminara, pero sustituyéndola pronto por la segunda.

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Por otro lado, el fin de semana pasado tuvo lugar en Barcelona un encuentro de líderes políticos ideológicamente afines, autodenominados “progresistas” —predominando los populismos de izquierda—, convocado por el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, y denominada “cumbre por la democracia”. Específicamente para la relación bilateral entre México y España, la asistencia de la presidenta Claudia Sheinbaum tuvo gran significancia, tras la crisis diplomática provocada por López Obrador, quien, usando uno de los recursos más chabacanos del populismo de manual, con un enfoque presentista de la Historia, exigió a España y específicamente a su jefe de Estado, el rey, que ofreciera disculpas a México por los crímenes realizados durante la Conquista —ocurrencia que, en su momento, el mismo Sánchez descalificó contundentemente—. En ese contexto, la cumbre representó, sin duda, un buen gesto de acercamiento.
Sin embargo, vale la pena preguntarse qué tan conveniente fue la asistencia de México a la que se identificó como “cumbre anti Trump”, cuando la de Estados Unidos es la relación bilateral más importante para México y se está a las puertas de la revisión del tratado comercial entre ambos países. Como se sabe, en realidad, la política exterior del obradorato tiene principios muy porosos y se debate entre el pragmatismo y la ideología. Por un lado, la obsequiosidad (e incluso, por momentos, sumisión) hacia Donald Trump; y, por el otro, la continua alusión a los principios de no injerencia y autodeterminación de los pueblos, que se han invocado para evitar condenar, o directamente respaldar, a dictaduras y gobiernos autoritarios y/o corruptos, siempre que sean ideológicamente afines. Finalmente, la conformación del bloque de los presidentes asistentes a la cumbre (Brasil, Colombia, España y México) para “dar ayuda al pueblo cubano” —es decir, apuntalar a la dictadura castrista de Miguel
Díaz-Canel— y el anuncio de que México albergará en 2027 la siguiente “cumbre por la democracia”.

