LAS CLAVES

Necesidad de Dostoyevski

Carlos Olivares Baró. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Sentí necesidad de Dostoyevski: tomé de los estantes Apuntes del subsuelo, fábula psicológica y filosófica donde el narrador ruso realiza un profundo análisis de la espiritualidad humana. Dicen que la escribió en 1864 bajo circunstancias emocionales muy punzantes: muertes de su esposa, María Dmítrievna, y de su hermano Mijail, amén de graves contrariedades financieras derivadas de la clausura de las revistas que editaba y, asimismo, por su dependencia enfermiza al juego. Siempre que regreso a esta novela, me detengo en la primera sección conformada por el monólogo interior del protagonista: un ser con el alma ahogada en excitaciones quebradizas. Cada vez que retomo estos folios, la añoranza me abraza: unas delgadas lágrimas humedecen mis ojos ante mis subrayados de febriles lecturas juveniles.

Hace unos meses cayó en mis manos Vida de Dostoyevski por su hija (Editorial El Buey Mudo, 2015), de Aimée Dostoyevski: retrato íntimo y subjetivo del célebre novelista donde conocemos episodios de su relación familiar, los apuros monetarios que lo asediaban, su vicio a las apuestas de dinero y su compleja personalidad. “¡Yo tengo un carácter extraño! ¡Yo tengo un mal carácter!, confesaba con frecuencia en sus cartas a los amigos, sin comprender que su carácter no era ni extraño ni malo, sino, sencillamente, lituano. Y es que mi padre no era el más ruso de los rusos como muchos lo consideran, porque su familia paterna era de origen lituano”: suscribe la heredera en esa imprescindible biografía de un hombre de letras que legó narraciones icónicas: Noches blancas, El idiota, Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, Recuerdo de la casa de los muertos.

En esta necesidad de Dostoyevski se impone la relectura de la novela corta Noches blancas, que fue el primer texto que cayó en mis manos de Dostoyevski en los años 70 de mi juventud habanera. La soledad de un joven soñador de San Petersburgo, que conoce a una joven y se enamora perdidamente de ella, pero su amor no es correspondido: ella extraña a un amante con quien finalmente se reencuentra. En esa época también leí Las penas del joven Werther, de Goethe: un joven impresionable y pasional prendado de Charlotte, quien está comprometida con otro. Vaya coincidencia, miraba a las muchachas del instituto y me acercaba a ellas con dudas: Dostoyevski y Goethe me llevaron recelar del amor.

Noches blancas está estructurada en cuatro noches y una mañana. La leí bajo los influjos nocturnos del malecón habanero y el amanecer del puerto. Pasaban las chicas, yo las miraba, las turbaciones asediaban mi soledad. ¿Buscaba yo a mi Nástenka en la bruma de la noche y los silbidos del mar habanero? Nunca la encontré. Años después conocí a una estudiante de Arquitectura y me enamoré locamente: tenía un novio en París, sabía de mi amor por ella, creo que me correspondió con varios besos furtivos por indulgencia: le regalé Noches blancas, el día que se fue a París a encontrarse con su amante. No supe nada de ella, no sé si me recuerda: ahora, releyendo estas cuatro noches y la mañana de Dostoyevski evoco los cinco o seis besos que me regaló. La amé porque nunca le importé. / La necesidad de Dostoyevski no cesa: estoy adentrado otra vez, en medio del calor irresistible, en los trances del príncipe Mishkin en El idiota.

Vida de Dostoyevski por su hija ı Foto: Especial

Vida de Dostoyevski por su hija

Autora: Aimée Dostoyevski

Género: Biografía

Editorial: El Buey Mudo, 2015

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