El presidente estadounidense ha comunicado al Congreso que la guerra en Irán ha concluido. Este anuncio busca evitar la ley que le exige al ejecutivo contar con el aval del Congreso en cualquier conflicto bélico que supere los 60 días de duración. Esta maniobra elusiva de la ley pretende ganar tiempo para buscar un arreglo con Irán al tiempo que dota a los congresistas fieles al republicano de una base, endeble, para seguir defendiendo lo indefendible.
Esta administración ha hecho gala de manejarse en las fronteras de la legalidad. Sistemáticamente han reinterpretado las normas para no caer en una violación fragrante de las mismas. Van bordeando, extendiendo, cambiando, ignorando y retrasando las leyes hasta que un nuevo escándalo les permite pasar a otro tema y salirse con la suya en la construcción de un gobierno autócrata que poco a poco va perdiendo esa bandera de defensa de la libertad y la democracia que solían ostentar. Como en el caso de los documentos de Epstein, que siguen si publicarse, la ley no es un límite a observar cuando la conveniencia del presidente dicta lo contrario.
La guerra no ha terminado. Inició sin que mediara una evaluación del Congreso ni en los organismos internacionales y ahora continua sin tener el aval que el legislativo tendría que otorgarle. Ciertamente el conflicto no será sencillo de resolver y las consecuencias del mismo ya se sienten a nivel local y global.
Poco a poco se va perdiendo el sentido de la vergüenza y el gobierno estadounidense va dejando atrás las “ataduras” de la democracia. Sin duda, esta “liberación” ha sido una ventaja al negociar con Europa. La Unión tiene normas muy estrictas de comercio, derecho internacional y derechos humanos que la han dejado en una desventaja táctica ante el cinismo estadounidense. Ese discurso que justifica todo bajo el pretexto de la “seguridad nacional” adquiere sentido cuando observamos a los regímenes admirados –y temidos– por el presidente: Rusia y China. Ninguna de las dos naciones se ostenta como una democracia ni juegan a cumplir con reglamentaciones internas o externas que limiten el poder y la capacidad de acción de sus dirigentes. Rusia conquista y China compite, sin dobles discursos y sin empacho alguno. Es la envidia del republicano.
Al tiempo que los grandes gigantes tecnológicos buscan hacerse también con el poder político, la cuestión sobre la necesidad de combatir fuego con fuego es pertinente. Ante el avance descarado de industrias que son más poderosas que las naciones y de contendientes político-económicos que no reconocen limitantes morales, ¿es lícito retroceder a las prácticas de la ley del más fuerte? ¿Estamos presenciando el fin de la era de los derechos humanos y la ley internacional?