GENTE COMO UNO

La ciudad “ajolotizada”

“Ajolotizar” no debería significar únicamente pintar puentes de morado ni llenar de figuras decorativas las calles antes de que lleguen las cámaras del Mundial. Deberíamos de estar hablando de la reparación de fugas, de rescatar Xochimilco, limpiar drenajes, modernizar el Metro

Mónica Garza. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: Imagen: La Razón de México

Hace un par de meses visité Xochimilco luego de varios años de no hacerlo, y la gran novedad para mí fue el “ajolotario” y compartir la enorme curiosidad que estos animalitos provocan en los turistas. Pero de eso a ver la Ciudad de México “ajolotizada” con el pretexto del Mundial 2026, confieso que nunca me hubiera cruzado por la mente. ¡Vaya ocurrencia!

“Ajolitizar significa llenar de color lo que antes era gris, dibujar murales, transformar el espacio público, pintar de morado feminista…”, argumentó la jefa de Gobierno, Clara Brugada, hace unos días.

Incluso le entregó un ajolote simbólico a la banda irlandesa U2 durante su visita a la capital, que además los sorprendió con una tromba que inundó varias zonas del Centro Histórico que estaban visitando.

La jefa de Gobierno de CDMX, Clara Brugada, inaugura el Tren Ligero El Ajolote, el 11 de mayo. ı Foto: Especial

También fue inaugurado el Tren Ligero El Ajolote, con 17 convoyes nuevos y una inversión cercana a los 2 mil 400 millones de pesos, como parte de la modernización rumbo al Mundial.

A simple vista nada de eso está mal. Habrá a quien le guste más, o menos, el color morado que ahora cubre puentes peatonales, el mobiliario urbano, murales y ajolotes decorativos alrededor del Estadio Banorte.

De hecho, algunos espacios lucen mejor. Como cuando uno arregla la casa para recibir a la suegra: acomoda la sala, prende velas aromáticas y esconde todo lo incómodo detrás de una puerta cerrada.

Total, que entre la sala y el comedor difícilmente se notan las humedades, la llave del baño que gotea, los focos fundidos, la coladera tapada, el Internet que falla o las grillas de los vecinos.

Eso parece estar ocurriendo en la Ciudad de México.

Mientras se “ajolotiza” la capital, una megafuga en Los Reyes Culhuacán, Iztapalapa, provocó en la semana inundaciones tras la fractura de un tubo de 48 pulgadas en Avenida Tláhuac y 5 de Mayo.

Miles de litros de agua potable se desperdiciaron, en esta ciudad donde, paradójicamente, la escasez de agua sigue siendo una crisis cotidiana para millones de personas.

El propio gobierno capitalino anunció que duplicó el presupuesto contra inundaciones a 3 mil 360 millones de pesos mediante el operativo Tlaloque 2.0, ante la previsión de lluvias intensas y la llegada de visitantes mundialistas.

La medida reconoce el tamaño del problema: 56 puntos críticos de inundación, especialmente en el oriente y sur de la ciudad. Problemas que no aparecieron ayer, sino que son consecuencia de décadas de abandono, drenajes rebasados y planeación insuficiente.

La pregunta inevitable es ¿por qué la intervención estética avanza con esta velocidad y visibilidad, mientras las soluciones estructurales siguen llegando tarde?

El Metro tampoco sostiene la narrativa de una ciudad preparada para recibir al mundo. Sólo esta semana hubo retrasos y saturaciones en líneas como la 3 y la 7.

Las obras de la Línea 2 siguen inconclusas y la experiencia diaria de millones de usuarios dista mucho del discurso de modernización.

En Calzada de Tlalpan, las obras y la nueva ciclovía rumbo al estadio han generado tráfico, afectaciones al comercio y conflictos con personas que trabajan en la zona, incluidas poblaciones vulnerables como las trabajadoras sexuales, que denuncian pérdidas de hasta el 80% en sus ingresos por haber sido excluidas de la planeación.

El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México mantiene obras en terminales, estacionamientos y accesos. Es decir, la puerta de entrada de millones de visitantes posiblemente seguirá en remodelación para el arranque del Mundial.

Sobre nuestro ya emblemático ajolote, hay otra pregunta inevitable:

¿Qué tanto está haciendo realmente el gobierno capitalino para evitar su desaparición?

Sabemos de esfuerzos importantes de universidades, científicos y chinamperos, como el proyecto Chinampa Refugio de la UNAM o campañas como Adoptaxólotl.

Pero fuera de algunos proyectos recientes y del nuevo Santuario de los Ajolotes en Xochimilco, poco se sabe de una estrategia integral del Gobierno para rescatar la especie.

Especialistas advierten que el ecosistema sigue deteriorándose: agua contaminada, urbanización irregular y ausencia de políticas sostenidas de recuperación ambiental.

Es decir, el ajolote se convirtió en símbolo oficial justo cuando está más cerca de desaparecer.

Entonces, “ajolotizar” no debería significar únicamente pintar puentes de morado ni llenar de figuras decorativas las calles antes de que lleguen las cámaras del Mundial.

Deberíamos de estar hablando de la reparación de fugas, de rescatar Xochimilco, limpiar drenajes, modernizar el Metro, ordenar la movilidad y construir una ciudad funcional para quienes vivimos aquí todos los días.

Porque de otro modo, por morado que se pinte todo, como en las casas viejas, la humedad terminará saliendo por las mismas grietas históricas de siempre…

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