El escritor francés Jean Marie Le Clézio, merecedor del Premio Nobel en 2008, tiene una larga relación con México, sostenida durante muchos años a través de exhaustivos recorridos por Michoacán, Yucatán o la frontera norte y de sus lecturas de Sahagún y Motolinía, de Octavio Paz y Jean Meyer. Un volumen reciente, Tres entradas a México (Bonilla Artigas/ SEP, 2025), traducido por Adolfo Castañón, reúne piezas suyas, dedicadas a grandes escritores mexicanos de todos los tiempos, como la poeta Sor Juana Inés de la Cruz, el narrador Juan Rulfo y el historiador Luis González y González.
La primera pertenece al periodo colonial, el segundo al revolucionario y el tercero, González y González, a la era extendida de la Revolución institucionalizada. Pero los tres, según Le Clézio, dan voz a momentos precisos y discernibles de la historia de la cultura mexicana. Cada uno de ellos, dice el escritor francés, inventó una lengua para comunicarse con sus semejantes, en medio de las restricciones y las censuras que ensombrecían aquellas épocas.
La invención de una lengua, a través de la literatura, fue un mecanismo de protección para Sor Juana, Rulfo y don Luis en momentos en que la expresión escrita, en México, era sometida a interdicciones públicas de muy diversa índole. En tiempos de Sor Juana, como estudiaran Octavio Paz y Margo Glantz en textos clásicos, el régimen colonial ejercía vigilancia y control sobre la literatura a través del Tribunal del Santo Oficio o Inquisición y rechazaba que una mujer, para más señas, una monja se dedicara a las letras. En los versos de Los empeños de una casa o en los de Primero sueño, así como en sus cartas a Sor Filotea o a su confesor, Antonio Núñez de Miranda, se afirmaba el derecho a la rebelión contra el hermetismo eclesiástico.
En tiempos de Rulfo, los extremos ideológicos del liderazgo revolucionario y de no pocos de sus oponentes desembocaron en un enfrentamiento entre el Estado mexicano y el campesinado católico. La guerra cristera, sostiene Le Clézio, está en la raíz memoriosa de toda la narrativa de Rulfo, desde El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) hasta El gallo de oro (1980). La traumática infancia de Rulfo en Guadalajara, durante la guerra cristera, cuando pierde a sus padres y se ve arrojado a un mundo de abuelos, bisabuelos y antepasados fantasmales, es la experiencia que detona aquellas ficciones.
En los de Luis González, el discurso oficial del nacionalismo revolucionario comulgada con el relato de una marcha nacional hacia un destino común, que arrastraba a cada pueblo o comunidad local. El historiador michoacano, de acuerdo con Le Clézio, resistió aquella marcha ideológica triunfalista, por medio una inmersión en la historia de su pueblo, San José de Gracia, donde la vida comunitaria se reproducía con el suficiente margen de autonomía como para que el acontecer nacional apenas se escuchara en los ecos de una batalla distante.
Se interesa también Le Clézio, con una lectura que derrocha discernimiento, en el arte fotográfico de Rulfo. Dice el escritor francés que cuando Rulfo recorría México con “su cámara terciada sobre el pecho”, a partir de 1940, buscaba documentar un país para el que “la Revolución era más un recuerdo” que una vivencia. En medio de ese mundo en ruinas, sombrío, la luz que encontró Rulfo fue la que iluminaba el rostro de Clara Aparicio Reyes, a quien inmortalizó en sus fotos.
Hay algo “entenebrecido”, que Le Clézio observa en los tres escritores, Sor Juana, Rulfo y González, y que tiene que ver con esa mirada a lo profundo de la realidad mexicana, en cada uno de los tres momentos. Los tres supieron sostener la mirada a la oscuridad de sus tiempos, como diría Hannah Arendt, y extraer de la penumbra verdaderos destellos de lucidez y belleza. A través de ellos, habla también Le Clézio, un francés de Niza, obsesionado con las interrupciones del sueño mexicano.
México frente a su espejo
