ACORDES INTERNACIONALES

Kiev: el misil y los mensajes

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

El ataque ruso contra Kiev, entre el 22 y el 26 de mayo, no fue sólo una nueva noche de drones, explosiones y refugios. Se trató, más bien, de una secuencia política. Empezó con el ataque ucraniano a Starobilsk, siguió con la advertencia de que Moscú preparaba el uso del misil Oreshnik, culminó con una ofensiva masiva contra la región de Kiev y continuó con una amenaza diplomática: Rusia pidió a extranjeros y representantes internacionales abandonar la capital ucraniana. La operación no buscó únicamente destruir blancos sino reencauzar el rumbo de la guerra.

Rusia lanzó cientos de drones y decenas de misiles contra Ucrania. En esa ofensiva utilizó el Oreshnik, un misil de alcance intermedio, hipersónico, con capacidad convencional o nuclear. El impacto se registró en Bila Tserkva, en la región de Kiev. Hubo muertos, heridos, viviendas dañadas, escuelas afectadas, incendios, comercios golpeados y daños en bienes culturales. Moscú sostuvo que atacó instalaciones militares e industria de defensa. Kiev denunció que los daños fueron civiles. Ambas cosas deben examinarse con evidencia, no con reflejos.

El Oreshnik importa menos por lo que destruyó y más por lo que inaugura. No es un arma cualquiera dentro del inventario ruso; es un misil diseñado para producir señal estratégica. Su sola aparición introduce en la guerra el lenguaje nuclear-convencional. No significa que estemos ante un conflicto nuclear inminente; esa sería una lectura torpe y alarmista. Significa que Rusia intenta convertir la sombra nuclear en lengua franca de presión política. El misil no sólo viajó a hacia Kiev. También llegó a Washington, Bruselas, Berlín y Varsovia.

Ahí entra el problema jurídico. Starobilsk sigue siendo un hecho disputado. Rusia afirma que Ucrania atacó civiles; Ucrania sostiene que el blanco era una unidad militar rusa vinculada a drones. Mientras no exista verificación independiente, ninguna de las dos versiones debe tratarse como sentencia. Pero incluso si Moscú pudiera tener una causa de represalia, el derecho internacional humanitario no se suspende. La distinción entre civiles y combatientes, la proporcionalidad y las precauciones siguen obligando. Así como una acusación no es una sentencia, tampoco una represalia es una licencia.

La dimensión ambiental tampoco es secundaria. Los misiles no sólo destruyen al caer. Dejan también incendios, escombros, residuos explosivos, contaminación potencial de suelo y agua, y daños a infraestructura urbana que luego se traducen en salud pública, reconstrucción y costos financieros. Hablar hoy de crimen ambiental exigiría pruebas técnicas y un umbral jurídico alto. Pero ignorar esos daños sería aceptar que la guerra termina cuando se apaga el fuego.

La novedad no está en que Kiev vuelva a arder en llamas, sino en que el ataque conjugó cuatro idiomas a la vez: el militar, el jurídico, el diplomático y el ambiental.

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Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón

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