No, no es paranoia ni exageración. La censura no es un fantasma del pasado ni un concepto académico: es una práctica real, tangible, y hoy adopta una forma particularmente preocupante cuando es ejercida —o sugerida— desde el poder político.
Se llame a no consumir un medio de comunicación es, en esencia, un acto de presión desde el poder público que busca moldear qué se ve, qué se escucha y, en última instancia, qué se piensa. El gobierno de la 4T sea federal, local, legislativo y judicial, gusta de desacreditar y estigmatizar, y así justificar que ciertas voces deben ser ignoradas porque incomodan, ése es el sello de Morena, pero las democracias no funcionan así. No pueden funcionar así. No sobreviven así.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos lo dejó claro: la libertad de expresión es la piedra angular de cualquier sistema democrático. Sin ella, todo lo demás se tambalea. Sin crítica, no hay control. Sin pluralidad, no hay verdad. Sin disenso, lo único que queda es propaganda barata y populismo. Y, sin embargo, el mensaje es cada vez más inquietante: no veas, no leas y no escuches aquello que cuestiona al poder.
¿De verdad ése es el estándar que se quiere imponer? Me queda claro que sí, lo que quieren es un país donde la ciudadanía debe filtrar la realidad según lo que incomoda al Gobierno. Hoy lo vemos contra Tv Azteca, pero lo hemos visto contra periodistas y contra la misma ciudadanía, ¡pobres de aquéllos y aquéllas que se atreven a cuestionar!, porque ya hemos visto cómo han sido castigados y reprimidas, con exigencia de disculpas públicas y multas.
Lo más grave no es sólo el agravio a los medios o a los periodistas —que, de por sí, es grave—. Es el daño directo a la sociedad. Porque cada vez que se deslegitima una voz crítica, se empobrece el debate público. Cada vez que se señala a un medio por incomodar, se envía un mensaje claro al resto: cuidado con lo que dices.
La libertad de prensa no existe para agradar al poder; existe para incomodarlo, para señalarlo, para exhibirlo cuando sea necesario. Es su función, es su razón de ser. Pretender lo contrario es no entender nada —o, peor aún, entenderlo perfectamente y aun así intentar someterlo—.
Por eso resulta inaceptable el silencio ante tal violación de Derechos Humanos de instituciones que deberían ser contrapeso, como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Cuando el poder sugiere callar, su obligación no es mirar a otro lado. Es señalar, advertir, incomodar también, pero, sobre todo, exigir respeto a la libertad de expresión.
Una democracia no muere de un golpe, se erosiona y se desgasta, por eso no se debe normalizar que se invite a ignorar a un medio, porque mañana se justificará su exclusión y después su desaparición del espacio público. No es una pendiente hipotética: es la historia repetida, una y otra vez, de las dictaduras.
La andan haciendo crecer
