Claudia Sheinbaum será la segunda mandataria en la historia de los mundiales en no asistir a una inauguración. El primero fue Albert Lebrun, quien era el presidente de Francia en 1938, en los preámbulos de la Segunda Guerra Mundial.
A pesar del torneo de dominadas como alternativa para que quien lo ganara se llevara su boleto, no quedan claras las razones por las que la Presidenta optó por no asistir a la inauguración del evento más importante del año en el deporte mundial y de cada cuatro años para el futbol.
La argumentación es que la Presidenta verá la ceremonia y el México-Sudáfrica con el “pueblo”. Quién sabe si en sentido estricto así vaya a ser, porque seguramente estará rodeada de los suyos, de su gabinete, y no necesariamente estará, presuponemos, en el centro de la porra que se organizará seguramente en el Zócalo.

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La historia para los mandatarios mexicanos en anteriores mundiales ha sido adversa. No pudieron evitar ni la rechifla ni el abucheo. Le recordábamos hace algunas semanas que el mismísimo López Obrador, quien creía tener un halo que lo hacía inmune a todo, se llevó la música de viento y los abucheos cuando tiró la primera bola en el estadio Alfredo Harp en un partido de los Diablos. Por supuesto que empezó a buscar culpables de ello sin contemplar que era una reacción colectiva en su contra.
Más allá del ver la inauguración con el “pueblo”, es inevitable llevar las cosas a los terrenos en donde quizá la Presidenta quiere evitar cualquier escenario que le saque de balance, dicho de otra manera, no ha de querer llevarse la música de viento.
Sin embargo, “quien no quiera ver fantasmas que no salga en la noche”. Claudia Sheinbaum es un personaje del mundo. No solamente es la primera Presidenta mujer de un país que tiene peso mundial, es además un personaje que se la ha pasado lidiando con el presidente de EU.
Es la oportunidad de que el mundo la vea a sus anchas, porque además es la Presidenta del país en donde abre el Mundial, y es precisamente la selección de su país la que juega el partido que, según los ratings, es, junto con la final, el que más audiencia tiene.
Podría tener una fundada inquietud de llevarse abucheos. Podrían argumentar que con los precios prohibitivos que tienen las entradas, el público que asistirá al estadio no le es empático. Si bien se le podría aplicar la máxima de John Lennon, para decir que los que estén en el Azteca aplaudan con las joyas y los que estén en sus casas, bares, y en las plazas públicas, lo hagan con las manos, no obsta para tener una presencia pública que tendrá una significación histórica.
Siendo que el futbol tiene como una de sus formas de entenderse la nostalgia, cada vez que aparece el recuerdo del Mundial del 70 y 86, nos aparecen las imágenes de los presidentes de aquellos años y, a pesar del juicio que se tenga de ellos, representan, a querer o no, a sus países en la historia del deporte más popular del mundo.
Valdría la pena que desde ya vayan preguntándose qué van a hacer en la clausura. Seguramente Trump entregará la Copa del Mundo al ganador, pero muy probablemente podría convocar, más allá de sus egos, a los presidentes de los otros países organizadores; vayan pensando qué van a hacer, es una probabilidad concreta.
La presencia de la Presidenta sería una forma de darle desde su gobierno al Mundial un espacio de atención nacional. Hasta ahora, por lo menos en la CDMX, se han dedicado a llenarla de ajolotes y pedirle a la gente que no salga para que los turistas se puedan mover por todos lados. Ahora resulta que tenemos que guardarnos en nuestras casas porque damos mala imagen, en medio de un discurso lamentable, por cierto, no solamente en esta referencia.
No hay camino de regreso. Se va una buena oportunidad con todo y los inevitables riesgos. Va de nuevo... “quien no quiera ver fantasmas que no salga en la noche”.

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