Sólo faltan 11 días para que México viva su tercer Mundial de futbol, pero el privilegio de verlo desde algún asiento en el estadio será sólo para unos miles que más allá de haber corrido con la suerte de conseguir un boleto, tuvieron los medios para solventarlo. Sin duda éste será el evento futbolístico más caro en la historia de México, y vino a ser justo en los tiempos de la Cuarta Transformación, que reza sin descanso que “el pueblo es primero”, pero en este caso serán “primero los ricos”.
Y duele especialmente porque en México el futbol es más que un espectáculo, es barrio, tradición familiar, identidad popular y conversación cotidiana.
Es el padre llevando al hijo al estadio, el televisor prendido en la tienda, la reta en la calle, la camiseta heredada y el partido que detiene la respiración de localidades completas.
Es la devoción, las oraciones, la esperanza, la sociedad que por tres horas se iguala y hermana en un equipo, y el dolor se comparte por igual en la derrota.
En México, en tantas zonas golpeadas por la violencia o la precariedad, el futbol funciona casi como un salvoconducto; es refugio, aspiración y una de las pocas rutas hacia la movilidad social.
Ahí están decenas de historias de las grandes estrellas del balón que comenzaron en los llanos jugando con zapatos rotos, o sin zapatos…
Por eso el problema del Mundial 2026 no es económico, sino simbólico; porque el torneo más importante del planeta llegará a uno de los países más apasionados, cuya afición quedará en su mayoría aislada de la cancha de la gloria.
En las primeras fases oficiales de venta, los boletos llegaron a ofrecerse desde aproximadamente 4 mil pesos, mientras encuentros de alta demanda, como el inaugural en el Estadio Banorte, alcanzaron los 43 mil pesos por entrada.
Paquetes hospitality o experiencias premium como el Pitchside Lounge:
“Un espacio donde el lujo se vive junto a la emoción del terreno de juego, con vistas incomparables desde asientos próximos a la línea de banda, estaciones de cocina gourmet y un servicio de bebidas premium (disponible antes y después del partido)” … a “sólo” 350 mil pesos por persona hasta el pasado 28 de mayo.
En un país donde el salario mínimo mensual ronda los 7 mil 500 pesos, los boletos “más accesibles” quedan lejos del alcance de millones.
El periodista José Ramón Fernández fue duro al afirmar que “le robaron el Mundial al pueblo de México”, pero tiene tanta razón como Carlos Slim —uno de los mexicanos más ricos del mundo—, quien calificó los precios del histórico evento como “un exceso”.
El asunto evidencia una política de precios completamente desconectada de la realidad mexicana, como lo advirtió también el cineasta Alejandro González Iñárritu al criticar la “avaricia” alrededor del torneo, donde el negocio desplazó al deporte mismo.
En la banca, pero muy lejos del estadio, quedarán los futboleros “de hueso colorado” porque la FIFA ya vende más exclusividad que futbol.
Y aunque el Gobierno federal no tiene control sobre los precios fijados, existen mecanismos para acercar el torneo a la población, como las medidas que otros países y ciudades sede ya comenzaron a tomar.
En Nueva York y Nueva Jersey, autoridades anunciaron el inicio de una investigación formal en contra de la Federación sobre posibles prácticas engañosas y precios excesivos relacionados con boletos del Mundial.
Asimismo, el alcalde neoyorquino Zohran Mamdani anunció la obtención de mil boletos accesibles, de 50 dólares, exclusivamente para residentes locales, además de apoyos de transporte para facilitar el acceso al estadio.
México ha desarrollado algunas medidas de acceso indirecto como las transmisiones gratuitas en plazas y espacios públicos de la Ciudad de México, además del FIFA Fan Festival en el Zócalo y eventos similares en distintas alcaldías.
El programa Mundial Social 2026, contempla rehabilitación de canchas, torneos comunitarios, transmisiones públicas y actividades culturales, pero son insuficientes frente al tamaño de la exclusión económica que ha generado el torneo.
Que la FIFA convierta el futbol en un negocio no sorprende a nadie, pero sí debería preocuparnos que México termine organizando, financiando y facilitando un Mundial para que millones de mexicanos no lo puedan experimentar de cerca.
Qué gran paradoja de estos tiempos. Que el Mundial de 2026 termine en la memoria colectiva como aquél al que una buena parte del pueblo no pudo entrar.
Una ironía difícil de ignorar en esta era política que hizo de la frase “primero los pobres” su principal bandera…
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