ACORDES INTERNACIONALES

Colombia: segunda vuelta, primera fractura

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Colombia no llegó a la segunda vuelta con una elección cerrada. Vino con algo más peligroso: una elección en la que los dos campos políticos empiezan a comportarse como si perder fuera una forma de desaparición. Abelardo de la Espriella quedó arriba; Iván Cepeda pasó segundo. La aritmética manda a los colombianos a votar otra vez. Pero la política ya empezó a operar en otro registro: el de la sospecha, el miedo y la deslegitimación anticipada del adversario.

De la Espriella no representa simplemente a la derecha sino a una que ya no quiere pedir disculpas por serlo. Habla de orden, castigo, autoridad, enemigos internos y recuperación del Estado. Su candidatura crece sobre una intuición social: que la democracia colombiana ha negociado demasiado con quienes la desafían y ha protegido poco a quienes la obedecen. En un país exhausto por la violencia, esa promesa tiene fuerza. También tiene un riesgo: convertir el reclamo legítimo de seguridad en licencia para gobernar con lógica de guerra.

Cepeda tampoco es sólo el candidato del Pacto Histórico. Es la apuesta por conservar una épica progresista en un momento en que esa épica ya no llega intacta. Petro llegó al poder como ruptura moral; Cepeda llega como continuidad bajo desgaste. Ahí está su problema. No carga únicamente con su biografía, sino con las promesas incumplidas, las peleas abiertas y la fatiga institucional de un gobierno que quiso refundar demasiado al mismo tiempo. Su candidatura necesita defender el cambio, pero también explicar por qué el cambio terminó pareciéndose, para muchos, a una administración permanente del conflicto.

La segunda vuelta, entonces, no enfrenta programas sino diagnósticos de país. Para la derecha, Colombia debe escoger entre recuperar el control o profundizar el desorden. Para el petrismo, debe escoger entre defender la democracia social o entregarla a una derecha vengativa. Cada campo necesita que el otro parezca intolerable. Esa es la lógica más corrosiva de la polarización: no basta con ganar; hay que convencer a los propios de que la derrota sería una catástrofe nacional.

Por eso la discusión sobre el fraude es tan delicada. En una democracia, exigir escrutinio es sano. Convertir la sospecha en estrategia es otra cosa. Si no hay pruebas robustas de manipulación estructural, insistir en el fraude no protege la voluntad popular; en vez, la vuelve rehén. Y cuando el presidente en funciones empuja esa narrativa, el daño no se limita a una campaña. Se deposita sobre la autoridad electoral, sobre la segunda vuelta y sobre la capacidad futura de aceptar resultados adversos.

Colombia ha vivido con guerrillas, paramilitares, narcos, acuerdos de paz, reformas frustradas y élites que sobreviven a todo. Lo que ahora se juega no es menor: saber si su democracia todavía puede procesar la alternancia sin traducirla en traición. El 21 de junio se elegirá presidente. Pero la pregunta crítica será otra: si Colombia todavía distingue entre perder el poder y perder la patria.

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