FRONTERA DE PALABRAS

Edgar Morin y la complejidad

Mauricio Leyva. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Mauricio Leyva. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.

Navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas.

Edgar Morin

La frase de Edgar Morin, fallecido el pasado 29 de mayo a los 104 años, “navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas” que escribió en Los siete saberes necesarios para la educación del fututo, resume no sólo una de las obras filosóficas más influyentes de nuestro tiempo, sino también, puede ser una metáfora del desafío que enfrenta México en una época marcada por la polarización, la violencia y la búsqueda de respuestas simples para problemas cada vez más complejos. Vivimos en un país donde con frecuencia buscamos explicaciones inmediatas para fenómenos que tienen raíces profundas y múltiples causas.

La inseguridad suele reducirse a una cuestión de policías y delincuentes; la corrupción, a un problema de valores individuales; la pobreza, a una cifra económica; y la educación, a una disputa sobre planes de estudio. Sin embargo, Morin nos enseñó que la realidad no funciona de manera fragmentada. Los problemas sociales forman parte de una red de relaciones donde economía, cultura, política, historia y educación interactúan de manera permanente. Desde esa perspectiva, la violencia que afecta a distintas regiones del país no puede entenderse únicamente desde el ámbito de la seguridad pública. También involucra la falta de oportunidades para millones de jóvenes, las desigualdades sociales acumuladas durante décadas, la debilidad institucional y la ausencia de proyectos de desarrollo sostenibles. Pensar que una sola estrategia resolverá un fenómeno tan complejo equivale a ignorar precisamente todo aquello que Morin intentó explicar durante su vida. Su pensamiento también ofrece valiosas lecciones para la educación mexicana. Durante años cuestionó los sistemas educativos que separan el conocimiento en compartimentos aislados y que privilegian la memorización sobre la comprensión. Para Morin, educar significaba formar ciudadanos capaces de relacionar saberes, interpretar contextos y enfrentar la incertidumbre. En una época marcada por la inteligencia artificial, la sobreabundancia de información y los cambios tecnológicos acelerados, esa visión parece más necesaria que nunca.

México enfrenta, además, otro desafío que el filósofo francés identificó con claridad: la polarización. El debate público se ha vuelto cada vez más propenso a dividir la realidad entre buenos y malos, aliados y adversarios, vencedores y derrotados. Morin advertía que el pensamiento simplificador suele alimentarse de esas dicotomías, porque elimina los matices y reduce la complejidad humana a posiciones irreconciliables. Sin embargo, las sociedades democráticas requieren exactamente lo contrario: diálogo, capacidad de escucha y disposición para reconocer que ninguna persona o grupo posee toda la verdad.

En lo personal, estoy convencido de que el problema de México no es la falta de diagnósticos de referencia sino nuestra resistencia a aceptar que los grandes desafíos nacionales no caben en consignas ni en discursos de seis años. Morin dedicó su vida a recordarnos que la realidad siempre es más compleja de lo que queremos admitir. Ignorarlo tiene costos; comprenderlo puede ser el primer paso para transformarla.

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