LA VIDA DE LAS EMOCIONES

Sentirse un fraude

Valeria Villa*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

Ana* llega a consulta frecuentemente abrumada, angustiada, sintiéndose insuficiente: en su vida académica, en la profesional y como mamá de dos. Desde hace mucho tiempo, tal vez toda la vida, ha creído que tiene que ser la mejor, superar todos los retos, hacer las cosas perfectamente. Nunca nadie se lo pidió, sus padres no le exigían explícitamente nada; el origen de esta forma de relacionarse con el mundo es incierto, pero hoy, como adulta, está segura de padecer el síndrome del impostor.

El síndrome del impostor es un fenómeno llamado así por primera vez en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, para describir la experiencia persistente de sentirse un fraude pese a contar con evidencias objetivas de competencia, logros o reconocimiento. Quienes la padecen suelen atribuirle sus éxitos a la suerte, a que se han esforzado mucho más que el promedio o a circunstancias externas. Todo lo que sirva para minimizar sus

capacidades reales.

El síndrome no está consignado en el DSM V (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) ni es un diagnóstico psicoanalítico, pero todos sabemos de qué se habla cuando se le nombra. En un principio, fue estudiado en mujeres de alto desempeño profesional, quienes lo padecían mucho más, aunque puede afectar a personas de cualquier género, edad o profesión.

Existe un concepto acuñado por Sigmund Freud que es el ideal del yo, que se define como una imagen que todos desarrollamos en la infancia, que vamos corrigiendo, editando y ampliando a lo largo de la vida, de cómo deberíamos ser. Algunas veces, el ideal del yo es inalcanzable, por lo que ningún logro en la vida se evaluará como suficiente. Puede ser que los demás vean a la persona como exitosa, pero ella no puede verse a sí misma de igual manera. Cada cosa que hace está por debajo de la imagen ideal.

El síndrome del impostor se expresa en algunas de las siguientes frases: “No estoy pudiendo ser la madre que debería”, “me estoy quedando corto”, “nunca logro leer todo lo que me propongo”, “ni siquiera soy inteligente”, “todo lo tengo que estudiar y estudiar para medio entender”. Estas frases constituyen una devaluación de los esfuerzos. Nunca nada está bien ni es suficiente. Pensar así tiene consecuencias negativas en el sentimiento de estima de sí o autoestima.

Cuando la persona con síndrome del impostor consigue un reconocimiento, un ascenso, la validación de su comunidad académica o profesional o el éxito económico, se llena de angustia porque está convencida de no merecerlo.

El síndrome empeora si hay culpa por superar a figuras importantes. Tal vez a los padres o a los hermanos no les ha ido bien y, por tanto, el éxito es una traición al sistema familiar. Para no perder el amor o despertar envidia, aparece una necesidad inconsciente de minimizar todos los logros.

El síndrome del impostor es una manifestación de una instancia psíquica que castiga siempre, que persigue, que devalúa, llamada superyó, que en algunas personas es especialmente maligno. El superyó es la internalización de la voz de los padres que siempre exigieron y jamás parecían satisfechos. Algunos pacientes describen mucha angustia infantil cuando tenían un ocho de calificación porque en casa sólo se admitían dieces.

Pensarse como un fraude y atribuir el éxito a la suerte también protege al sujeto de ser responsable de lo que desea, de sus ambiciones y de su talento. Asumirse capaz, valioso y digno de reconocimiento tal vez compromete y persigue internamente mucho más que declararse un impostor.

*Ana es un nombre ficticio y también la viñeta clínica.

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