Hasta el último minuto las autoridades han sufrido con el Mundial. Han actuado, particularmente estos meses, como si le hubieran concedido a México la sede hace pocos meses.
En la CDMX se han vuelto locos con las obras. El Metro sigue siendo un dolor de cabeza, los ajolotes terminaron por ser un meme, y aquello de pintar de morado, cuando originalmente era amarillo, para luego regresar al amarillo, fue lamentable.
La CDMX, Guadalajara y Monterrey recibirán 15 partidos. No había otra manera de participar en el evento si no era bajo esta modalidad. EU se llevó la tajada, porque tiene la estructura para hacerlo, a pesar de que el futbol no haya terminado por ser el deporte que puede ofrecer por ahora la gran pasión, como el futbol americano, el beisbol e incluso el hockey.
Los de la FIFA buscaron que el Mundial se jugara por primera vez en tres países y que participaran 48 naciones en un hecho inédito; en el 70 participaron 16 selecciones y en el 86, 24.
Para nosotros ser sede no es garantía. Después del 70 nos eliminaron para el 74, en Argentina 78 quedamos en último lugar y en España 82 de nuevo nos eliminaron. Después del 86, aparecieron los cachirules y no fuimos a Italia.
Viene el futbol. Es muy difícil que países que pudiéramos llamar emergentes alcancen rondas finales. Por lo general, llegan al final las selecciones de siempre. Estarán los europeos de primer orden; Argentina, Brasil, y pudieran brincar por ahí Uruguay y Colombia. África está en camino de formar parte de la élite.
Por ahora, todo se enfila para que al final estén los que regularmente están. Habrá seguramente extraordinarios partidos que van directo a la memoria de los aficionados, esto es en buena medida lo que construye la historia del futbol, más allá de los títulos.
México de nuevo va a jugar contra su historia. Las selecciones nacionales han pasado de la esperanza a la eliminación. Seguimos buscando jugar un 5.° partido porque muy probablemente sabemos que difícilmente damos para más, a pesar de lo que significa el Tri para los aficionados.
La localía en los mundiales se ha ido convirtiendo en algo relativo. Si bien Francia ganó en el 98, las selecciones de alto nivel no han logrado ganar la Copa en sus países. Brasil tuvo un pavoroso Mundial en su país, ya van dos ocasiones de ello. Alemania también la pasó mal siendo sede por segunda ocasión, la localía no necesariamente representa ventaja en la cancha, en donde con todo y el cobijo de los aficionados, los juegos se deciden por capacidades, sangre fría, concentración, por el goce del juego y por las decisiones de los jugadores; el futbol pasa por las piernas y la cabeza.
En las dos ocasiones anteriores en que México fue sede, las expectativas terminaron en frustración. Son historias conocidas, en el 70 Italia nos metió un brutal 4-1 en Toluca, en tanto que en el 86 le temblaron las piernas a la hora de los penaltis contra Alemania.
No queda muy claro qué le puede pasar al Tri a partir del jueves. Podemos apelar a estadísticas, a lo que llaman “sensaciones”, pero al final de lo que se trata es de mostrar en la cancha que se tiene un futbol que marca diferencias. Por ahora no se aprecian, más bien se manifiestan algunas lagunas que en partidos en donde se juega la vida terminan por ser clave para la victoria o la eliminación.
La esperanza la tienen todos. Pero hay una dosis de realismo en donde se reconoce que se juega el Mundial para que las selecciones se prueben a ellas mismas, a sabiendas de que ser protagonista es una proeza la cual se piensa con realismo.
La esperanza en el Tri es lo que permite la convocatoria y el jolgorio de los aficionados. A partir del jueves sabremos de qué tamaño es la selección. Las dosis de esperanza siempre existen. En esta ocasión no son altas, lo cual tiene su lado positivo.
Lo mejor de lo que viene es que el futbol es indescifrable, y que a la hora de que los partidos se juegan, viene el curso intensivo de sufrimiento.
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