La Secretaría General de las Naciones Unidas recién publica su informe anual sobre violencia sexual relacionada con conflictos bélicos. Su contenido confirma una realidad reconocida desde hace décadas, pero que la práctica sigue sin erradicar: la violencia sexual se utiliza como una herramienta de guerra. La relevancia del informe no radica únicamente en el número de casos documentados ni en la crudeza de los testimonios recopilados. Su mayor aportación reside en mostrar que estos delitos no son consecuencias accidentales del conflicto armado, sino parte de una estrategia orientada a producir efectos políticos, militares y sociales específicos.
La imagen tradicional de la guerra suele asociarse con combates, ocupación territorial y destrucción de infraestructura. Los conflictos contemporáneos, sin embargo, han ampliado sus métodos de coerción. La violencia sexual aparece como un mecanismo de control poblacional, desplazamiento forzado, castigo colectivo e intimidación de comunidades enteras. El informe documenta esta realidad en distintas ubicaciones. Desde Sudán hasta Myanmar, pasando por la República Democrática del Congo, las agresiones sexuales son utilizadas para fracturar el tejido social, destruir vínculos comunitarios y sembrar miedo de manera sistemática. Una lamentable adición entre los países que utilizan la violencia sexual es la del Estado de Israel. El informe registra denuncias de violencia sexual contra prisioneros palestinos en centros de reclusión. El objetivo no siempre es la víctima individual. Con frecuencia, el mensaje está dirigido a la comunidad completa.
Esta dimensión estratégica explica la evolución del derecho internacional en las últimas décadas. Lo que antes se consideró daño colateral de la guerra hoy es reconocido como una posible violación grave del derecho internacional humanitario, un crimen de guerra e incluso, en determinadas circunstancias, un crimen de lesa humanidad. No obstante, el principal problema sigue siendo la rendición de cuentas. La ONU advierte que la impunidad continúa siendo la regla en la mayoría de los casos.

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El informe revela una transformación preocupante en las modalidades de violencia. Las nuevas tecnologías permiten prolongar el daño más allá del hecho mismo mediante la grabación, difusión y utilización de imágenes para extorsionar o a humillar a las víctimas. La violencia sexual deja así de ser un acto circunscrito a un momento determinado para convertirse en una herramienta de control permanente. La persistencia de estas prácticas cuestiona la capacidad efectiva del sistema internacional para proteger a la población civil en los conflictos armados.
Una manera de entender la historia del derecho internacional es la de concebirla como un esfuerzo por imponer límites a la violencia. Los hallazgos del informe, sin embargo, nos recuerdan que la existencia de normas no garantiza su cumplimiento. Entre la prohibición jurídica y la realidad de los conflictos sigue existiendo una brecha considerable. Por ello, el verdadero desafío no consiste en documentar los abusos, sino en construir mecanismos capaces de transformar la condena moral en responsabilidad efectiva. Mientras esa transición no ocurra, la violencia sexual seguirá siendo una de las expresiones más visibles de los límites del orden internacional contemporáneo.

De soberanías e injerencias

