México ganó el partido inaugural del Mundial 2026. El mundo vio nuestro estadio lleno y millones de personas siguieron la fiesta futbolística dentro y fuera del Estadio Ciudad de México. Todo fue celebración para unos, pero para otras, a sólo unos kilómetros de ahí, todo siguió siendo búsqueda. Esa incansable búsqueda.
En México hay más de 134 mil personas desaparecidas y más de 70 mil cuerpos sin identificar bajo resguardo institucional.
Los números son fríos, pero detrás de cada cifra hay una familia rota, una ausencia que no termina y una pregunta que el Estado sigue sin responder: ¿Dónde están?

La intención de las madres buscadoras en los últimos días no ha sido otra que aprovechar la atención internacional que genera un Mundial para mostrar los rostros de quienes siguen faltando: sus hijos.
Ha sido su gran oportunidad de hacer visible una tragedia que con demasiada frecuencia permanece relegada a las páginas interiores de los periódicos y a la indiferencia oficial.
Y una vez más, la respuesta de quienes deberían ayudarlas a buscar, fue encapsularlas y cerrarles el paso.
Y como remate, en voz del Gobierno federal surgió la necesidad de “fiscalizar los apoyos” que hicieron posible su traslado a la Ciudad de México.
El “acarreo” como terrible insinuación, intentando deslegitimar una de las causas más dolorosas y vergonzosas para México, en una reacción que retrata con precisión el problema.
Frente a mujeres que buscan hijos desaparecidos, el Gobierno parece más ocupado en averiguar quién pagó los autobuses, que en explicar por qué siguen desapareciendo personas.
Más preocupado por encontrar responsables políticos, que por encontrar a los miles de desaparecidos. Más dispuesto a sospechar de las víctimas, una vez más, que a escuchar su reclamo. Sí que es desolador.
Ya de por sí es devastadora la imagen de esas madres que recorren el país con fotografías desgastadas por el tiempo, que cavan con sus propias manos donde las autoridades no buscan, que encuentran fosas clandestinas donde el Estado nunca llega y no se cansan de enfrentar la indiferencia y desconfianza institucional.
La misma que buscará siempre “conspiración” donde la realidad señala su incompetencia.
Y hay otro dato imposible de ignorar: Desde abril pasado, la Secretaría de las Mujeres permanece sin titular.
No se trata de una vacante cualquiera. Se trata de la dependencia que este Gobierno presentó como uno de los símbolos más importantes del llamado “tiempo de mujeres”.
La institución que debía coordinar la política pública para combatir la violencia de género, acompañar a las víctimas y colocar los derechos de las mujeres en el centro de la agenda nacional, está acéfala.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede permanecer sin titular una secretaría de esta naturaleza en un país feminicida como el nuestro?
La organización CIMAC ha documentado que durante 2025 se registraron 721 víctimas de feminicidio y 2 mil 74 mujeres víctimas de homicidio doloso. En los primeros meses de 2026 las cifras continuaron creciendo.
A ello se suman las observaciones realizadas por organismos nacionales e internacionales sobre la insuficiencia de las políticas públicas para enfrentar la violencia contra las mujeres y el rezago de mecanismos fundamentales de protección.
El Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio ha advertido que siguen vigentes 26 Alertas de Violencia de Género en distintas regiones del país, mientras continúan pendientes reformas e instrumentos esenciales para fortalecer la respuesta institucional.
La contradicción resulta evidente.
Mientras miles de madres buscan a sus hijos desaparecidos, mientras los feminicidios continúan desbaratando familias y mientras persisten las alertas por violencia contra las mujeres, la dependencia creada para encabezar esa lucha permanece sin conducción formal y con nulos resultados.
Es lastimoso como señal política, porque cuando una institución puede permanecer meses sin titular en medio de una emergencia nacional, el mensaje inevitable es que el problema no ocupa el lugar prioritario que el discurso oficial asegura darle.
Por eso resulta tan simbólico lo ocurrido durante la inauguración del Mundial.
Las madres buscadoras llegaron ahí porque entendieron muy bien la dimensión de la atención internacional como una oportunidad única para recordarle al mundo que en México siguen faltando miles de personas.
Y lo consiguieron, porque hoy sus imágenes, su reclamo y el trato que se les da está en toda la prensa internacional.
Así que no muy lejos del gran triunfo en el estadio, miles de madres siguen sosteniendo una pala entre sus manos, con el tiempo detenido. Y eso, es la inevitable derrota para México.

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