EL ESPEJO

Artes marciales en la Casa Blanca y no el Mundial

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Estados Unidos es uno de los anfitriones del Mundial de Futbol, pero no necesariamente lo está celebrando como imaginamos.

Mientras medio planeta mira la pelota rodar, la Casa Blanca decidió celebrar su propio partido: una pelea dentro de una jaula instalada en el patio de la residencia presidencial.

Para México, donde el futbol puede paralizar oficinas y ciudades, resulta tentador imaginar que el Mundial ocupa el centro de todo. No es así. Nuestro vecino tiene más partidos que nadie, estadios llenos y un negocio monumental. Pero su atención emocional sigue repartida entre otros rituales como el básquetbol, las guerras lejanas o esa obsesión por mirarse a sí mismos como si el mundo fuera escenografía.

Basta ver lo que acaba de pasar con el equipo de básquetbol neoyorkino de los Knicks. Su campeonato, el primero en 53 años, desató en Nueva York una euforia que difícilmente puede competir con el propio partido de su selección de futbol. Para buena parte del público estadounidense la historia no era Estados Unidos contra Paraguay, ni México o Canadá, sino el hábil Jalen Brunson, el Madison Square Garden y una ciudad que volvía a sentirse centro del universo. No es desprecio al fútbol. Es una jerarquía distinta de pasiones.

Esa diferencia importa porque, desde acá, solemos mirar al Mundial como una fuerza capaz de ordenar la agenda pública. En Estados Unidos puede ser apenas una capa más en una agenda cargada de tensiones. Se acercan los 250 años de la independencia de Estados Unidos y, en lugar de aprovechar la visita del mundo para proyectar una república serena, Trump eligió convertir el jardín sur de la Casa Blanca en una arena gigante de artes marciales mixtas.

La escena parece escrita por un guionista de sátira polítca o la pelicula Idiocracy. Sobre el pasto donde suelen hacerse ceremonias protocolarias y actos de autoridad se levantó una estructura de acero de casi 30 metros, apodada La Garra, para rodear un octágono de la UFC. Hubo miles de invitados, una fiesta descomunal con pantallas gigantes, patrocinadores, marcas en la jaula, streaming y motociclistas haciendo acrobacias sobre el césped presidencial. Todo para festejar el cumpleaños 80 de Trump y el 250 de Estados Unidos.

El problema no es sólo estético, aunque la estética dice mucho. La política comparada lleva

años explicando que los líderes populistas entienden el poder como escenografía permanente. No gobiernan sólo con decretos o presupuestos, sino con imágenes: el balcón, la plaza, el estadio, el enemigo, el aplauso. Trump entendió antes que casi todos que la presidencia podía funcionar como reality show. Ahora dio otro paso. Ya no sólo usa el espectáculo para rodear al poder, sino que mete el espectáculo dentro de la casa del poder.

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