PESOS Y CONTRAPESOS

Billonario

Arturo Damm Arnal. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Arturo Damm Arnal. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Uno de los temas más infravaloradas en el mundo del análisis económico es el de la empresarialidad. Basta revisar los libros de introducción a la economía, desde el Economía de Paul Samuelson y William Nordhaus, hasta el Principios de Economía de N. Gregory Mankiw, para darnos cuenta.

Todos estos libros cuentan con capítulos dedicados a la microeconomía, y con apartados dedicados a los costos de producción de las empresas: costo fijo, variable y total; costo medio fijo, medio variable y medio total; costo marginal, todos ellos considerados tanto a corto como a largo plazo, así como con apartados dedicados a las estructuras de mercado: competencia, monopolio, oligopolio, etc., pero no cuentan (y basta revisar los índices analíticos para darnos cuenta), con capítulos dedicados a la empresarialidad. No a la empresa sino al empresario y su función esencial.

Hay una corriente del pensamiento económico, la Escuela Austriaca (Carl Menger, Eugen von Boehm-Bawerk, Ludwig von Mises, Friedrich August von Hayek, Israel Kirzner, Murray Rothbard, Hans-Hermann Hoppe, por citar a los más influyentes), que sí ha reconocido la importancia del empresario y la empresarialidad. Desafortunadamente no forma parte de la corriente principal del pensamiento económico. ¿Cuántos estudiantes de economía terminan la licenciatura sin haber oído hablar, no digamos sin haber estudiado, los dos libros más importantes sobre economía escritos hasta el momento: La acción humana, de Ludwig von Mises, y Hombre, economía y estado, de Murray Rothbard?

El fin del empresario (que no de la empresa), es maximizar utilidades, y el medio para conseguirlo es servir a los consumidores, en términos de precio, calidad y servicio (la trilogía de la competitividad), de la mejor manera posible. Son los consumidores, comprando lo que les ofrecen, quienes hacen triunfar a los empresarios, independientemente de cualquier otra consideración, que pueden ser muchas, y muchas de ellas reprobables, como las que origina el capitalismo de compadres, es decir, la concesión gubernamental de privilegios a grupos empresariales, desde subsidios hasta asignación directas de obras públicas.

Inclusive un monopolio por concesión gubernamental, que es la condición más ventajosa en la que puede operar una empresa privada, tiene que convencer al consumidor de que compre el bien o servicio que le ofrece. Si éste lo compra es porque su consumo lo beneficia, aunque pague un precio mayor del que pagaría si hubiese competencia.

Todo lo anterior viene a cuento porque Elon Musk, el empresario más conspicuo de la actualidad, se ha convertido en el primer billonario de la historia, con un patrimonio de un millón de millones de dólares. Para darnos una idea de lo que esto significa tengamos en cuenta que, si se gasta un millón de dólares diarios, serían necesarios 2,737.85 años para gastar un millón de millones, un billón.

Mucho puede decirse al respecto, desde elogios (¡solo un empresario excepcional es capaz de lograr algo así!), hasta críticas (¿cómo es posible que habiendo todavía tanta pobreza en el mundo alguien tenga un patrimonio billonario?). Yo me limito a esta pregunta: ¿cuánto bienestar, para los consumidores, ha generado Musk?, bienestar de los consumidores que es la contrapartida de la riqueza de los empresarios.

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