Hay acuerdos que merecen celebrarse por lo que detienen y temerse por lo que olvidan.
El Memorándum de Islamabad pertenece a esa estirpe ambigua. Su virtud es inmediata: interrumpe la fase más letal de la guerra, devuelve el silencio a un cielo que llevaba meses ardiendo. Su defecto es más lento de advertir, porque no se mide en treguas sino en ausencias. El texto fue escrito para serenar mercados, no para escuchar a quienes la guerra dejó sin voz. Habla de plazos, de activos, de verificaciones. Pronuncia con soltura la palabra estabilidad. Apenas se escucha la palabra iraníes.
El abandono pesa doble pues el conflicto fue vendido al principio como promesa de liberación, con Trump llamando a los iraníes a derribar a sus tiranos en nombre de su libertad. Se invocó al pueblo para abrir la guerra; se le olvidó al cerrarla.

Embajador con la verde
Ese silencio es una decisión sobre quién cuenta. La guerra no cayó sobre un país vacío, sino sobre una sociedad exhausta —de represión, de inflación, de censura, de horcas y de exilio— que aprendió a sobrevivir a sus enemigos de fuera y a su propio Estado. Para Washington, el acuerdo abre una ventana de 60 días; para Teherán, el más antiguo artificio del poder: hacer de la supervivencia un relato de dignidad. Para quienes resisten dentro, deja una pregunta sin anestesia: ¿ésta paz erosiona al régimen o, sin proponérselo, lo rehabilita?
El documento remitido al Congreso, según Reuters, lleva la firma de Pakistán como mediador. Es, en estado puro, el lenguaje del poder: detener la guerra, ordenar los incentivos, administrar el riesgo. Un idioma impecable y ciego: ninguna de sus categorías sabe nombrar a un preso político, ni a una periodista perseguida, ni a una madre que busca a su hijo. El poder cuenta Estados, no personas.
La oposición habla otra lengua. Reza Pahlavi advirtió que todo arreglo que deje intacta a la República Islámica está condenado, porque ese Estado jamás firmó la paz con sus propios ciudadanos. La objeción toca el nervio de toda política desde Hobbes: el pacto que un soberano sella hacia afuera nada vale si rompe a diario el que lo legitima hacia adentro. Maryam Rajavi llega por otro camino a la misma conclusión: bienvenida cualquier fórmula que apague la guerra, pero ninguna puede callar las ejecuciones ni el asesinato de manifestantes. Lo que reclama es que la paz sea verificable no sólo en centrifugadoras, sino en celdas, en patíbulos, en plazas.
Por eso muchos iraníes no celebran. Sospechan que una vez más el mundo pactó con quienes los reprimen y no con quienes pagaron el precio de resistirlos. La historia conoce esa tregua, a la que los fuertes llaman orden y los débiles terminan llamando olvido.
Hay una paz que serena mercados y otra que devuelve el aliento a la gente. La primera ya está firmada. La segunda —la única que merece el nombre— sigue esperando. No habrá concordia verdadera mientras Irán no les sea devuelto a los iraníes.

El entuerto con Trump

