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Ginzburg: la historia por las venas

Carlo Ginzburg, nacido en Turín en 1939, cuando sus padres eran luchadores clandestinos del antifascismo, y fallecido recientemente en Bolonia, (...) se convertiría en uno de los historiadores más originales y admirados de fines del siglo XX y lo que va del siglo XXI

EL PROFESOR Carlo Ginzburg recibe el premio Balzan, en Roma, en foto de archivo
EL PROFESOR Carlo Ginzburg recibe el premio Balzan, en Roma, en foto de archivo Foto: AP

Su padre, Leone Ginzburg, fue un judío ucraniano que emigró a Italia y se dedicó a estudiar, enseñar y traducir la literatura rusa en Turín. Fundó con Giulio Einaudi y Cesare Pavese la editorial Einaudi y se involucró en la clandestinidad antifascista contra el régimen de Benito Mussolini. En 1943 fue arrestado por la Gestapo en Roma, torturado y luego asesinado en la siniestra cárcel de Regina Coeli, en el barrio de Trastevere.

Su madre, Natalia Ginzburg, fue una de las grandes escritoras italianas de todos los tiempos. Autora aclamada de Nuestros ayeres (1952) y Léxico familiar (1963), que dan vida desde la memoria a aquel pasado trágico, fue también la pensadora sutil de Las pequeñas virtudes (1966), textos en los que condensó sus ideas sobre la educación y la familia, la libertad y la cultura.

Él, Carlo Ginzburg, nacido en Turín en 1939, cuando sus padres eran luchadores clandestinos del antifascismo, y fallecido recientemente en Bolonia, en cuya universidad enseñaba desde hace más de cuarenta años, se convertiría en uno de los historiadores más originales y admirados de fines del siglo XX y lo que va del siglo XXI.

Ginzburg comenzó a ser conocido fuera de Italia después de la publicación y traducción de su brillante estudio El queso y los gusanos (1976), que editó Einaudi. El libro reconstruía, a través de un expediente inquisitorial, la cosmovisión de Menocchio, un humilde molinero del Véneto, a fines del siglo XVI, que cuestionaba la idea del Purgatorio, la inmaculada concepción de María, la santísima Trinidad, la autoridad papal y los privilegios del clero.

Al tribunal del Santo Oficio sonaron luteranas o calvinistas las ideas de Menocchio, pero lo que más lo escandalizó fue su personal versión del Génesis. Según el molinero, una masa amorfa de tierra, agua, fuego y aire había generado, como la leche el queso, un enjambre de gusanos: los ángeles. Dios era uno de aquellos ángeles, por lo que era creador y criatura al mismo tiempo, junto con las plantas, los animales, los monstruos, Lucifer y los arcángeles, a quienes puso bajo sus órdenes.

Menocchio fue quemado en la hoguera en 1599 por hereje, y Carlo Ginzburg, el historiador que rescató a aquel personaje real de la Edad Media, sería cuestionado a fines del siglo pasado por viejas corrientes historiográficas, deudoras del positivismo, el marxismo-leninismo, el estructuralismo y otros enfoques. Se le reprochó a Ginzburg dar como fuentes válidas los documentos de la Inquisición y hablar de una “cosmogonía personal”, cuando se trataba de creencias colectivas.

Aquellas polémicas fueron perfilando en Ginzburg una idea de la historia que nadó a contracorriente, hasta alcanzar una amplia referencialidad. Desde el punto de vista teórico, el aporte del historiador italiano sería fundamental: propuso no pensar los rastros del pasado como pruebas o evidencias de hechos rotundos sino como huellas o indicios de fenómenos, muchas veces, con desenlaces imprecisos.

En libros posteriores como El juez y el historiador (1993), sobre el caso de Adriano Sofri, militante y periodista italiano, condenado a prisión por terrorismo y asesinato, Ginzburg desarrolló más la diferencia entre historia y derecho. La confusión entre estas formas del saber, tan común en las apelaciones al “tribunal de la historia” o en las demandas de paredón por vía académica, según el historiador, tiene como sustrato el dogma positivista de los hechos duros.

En otro libro suyo, El hilo y las huellas (2010), editado por el Fondo de Cultura Económica, se argumenta a favor del diálogo entre historia y literatura, verosimilitud y ficción, justo en el momento de arranque de las nuevas tecnologías de la postverdad. Hoy, redes y medios se saturan de auténticas patrañas, revestidas del mismo viejo positivismo, que refutaba con tanta elocuencia Carlo Ginzburg, un académico que llevaba la historia en la sangre.

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